SAN SEBASTIÁN. DV. Hace unos años, María Jesús Díaz recibió una carta en la que Gaili le contaba que se casaba. Sabía de ella que vivía en Argelia, lejos ya de los campos de refugiados en los que viven 250.000 saharauis y el recuerdo que tenía era el de una pequeña cariñosa que se volvía loca por los yogures y aborrecía el pescado. Fue la última noticia que tuvo de Gaili, pero todavía se le ilumina la cara cuando recuerda a aquella niña y a Hammed, un chaval que se quedaba sólo en el albergue y que acabó pasando el verano en su casa.
Mariaje y su marido, el entonces consejero del Gobierno Vasco José Antonio Maturana, sus hijas Gala y Eva, son una de las familias que a lo largo de los últimos años han acogido a niños saharauis en sus hogares. Hace veinte años llegaba el primer grupo para vivir en el albergue de Uba y después en el de Ulía y su presencia en la ciudad era fácil de identificar, con gorras amarillas, revueltos en la playa o de excursión por Urgull.
En 1994 las autoridades municipales deciden que, en lugar de vivir todos juntos en una colonia disfruten de sus días en familia y ese mismo verano hay 45 chavales que son acogidos, entre ellos Gaili y Hammed, al que todos acaban llamando Kerman, «un poco por culpa de la vecina, que se hacía un lío con los nombres». Mavi Tabernero lleva años en el programa Vacaciones en paz y reconoce que mantener los vínculos a lo largo de los años es complicado. Cuando se inició la experiencia de acogida familiar no se garantizaba que los niños, por buena que sea la relación que han tenido con sus padres donostiarras, puedan repetir hogar.
«Ahora sí es posible», explica la concejala de Cooperación Arritxu Marañón, «sobre todo porque el Frente Polisario nos manda los listados de los críos y se procura que repitan donde estaban bien asentados». Eso permite que las familias donostiarras y saharauis mantengan una vinculación, además de los viajes que se organizan desde el Ayuntamiento donostiarra a los campamentos de refugiados dos veces al año para que familias y acogidos puedan verse de nuevo. «Hay gente que, aunque ya no pueda tener al niño saharaui en casa por la razón que sea, sigue en contacto con su entorno. No hay correo regular, pero sí llegan noticias o mensajes a través de otros críos que llegan del mismo campamento, de una vecina...»
En el primero de estos viajes a los campamentos, Mariaje embarcó a toda la familia, incluidas sus dos hijas entonces pequeñas, que alguna vez se quejaban de que sus dos hermanos saharauis preferían atracar el frigorífico que ver la película de la tele. «Si la experiencia de tenerlos en casa fue enriquecedora, aquel viaje creo que cambió mi visión de la vida y la de ellas también». Los recuerda con cariño y, aunque ahora ya no tiene noticias de ellos, intentó mantener el contacto durante un tiempo. «Gaili no tenía padre y su madre, a veces, me pedía alguna cosa como, por ejemplo, una olla a presión. Se la mandé con un montón de gomas de recambio, así como lámparas florescentes. Me pidió también una placa solar, pero no supe cómo conseguirla. La familia de Hammed estaba mejor situada porque su padre estaba en el frente y su madre nos escribió alguna vez. Recuerdo lo que les gustaba comer y, con una cierta pena, los problemas de comunicación que teníamos porque eran pequeños y no tenían ni idea de castellano».
Cuando llegue Faisia
Los Maturana no repitieron la experiencia porque querían que volvieran los mismos chavales y entonces no era posible. Otra pareja, Begoña y Ricardo llevan siete años participando en el programa de Vacaciones para la paz. Tienen dos hijas, Garazi de catorce años e Itziar de nueve. La pequeña está contando los días para que llegue Faisia, con la que según Begoña se lleva como todas las hermanas, «a veces muy bien y otras peor». La primera niña saharaui que acogieron, Galia, cumplió doce años y dejó el puesto a su hermana, que este año llegará por última vez. La pareja espera seguir manteniendo el contacto con la familia como ha hecho hasta ahora, y, aunque estas crías no tienen ya más hermanos que prolonguen la relación con este entorno, el próximo verano volverán a acoger a otro de los pequeños que lleguen desde los campamentos de refugiados del Tindouf.
«La experiencia es estupenda. Tienes que tener en cuenta el problema con el idioma, el periodo de adaptación y saber que, el primer año, tienen el miedo lógico a estar con gente a la que no conocen de nada. Pero son como cualquier niño, uno más movido, otro menos... ». Begoña quiere dejar claro que, frente a la opinión extendida de que la vuelta a los campamentos es dañina para los pequeños refugiados, la historia no es así. «Están deseando volver y estar con sus familias aunque estén encantados de pasar aquí los días de verano».
Es uno de los aspectos que Marañón quiere dejar claro: los chavales vienen de vacaciones a pasar el verano lejos de los rigores de un desierto inhóspito en el lugar más agreste de Argelia. «Pero tienen a su madre, a sus hermanos, a su abuelo... Hay gente que quiere seguir con la acogida, pero no es posible, las reglas son estrictas y no podemos ser flexibles. Puede existir algún caso en el que el crío esté enfermo y se quede más tiempo, pero, en principio no es así».
'Regalo' de boda
Hace diez años, Mari Mar y Javi acababan de casarse. Eran amigos de Mavi y subieron al albergue de Ulía a echar una mano en la llegada de la expedición. Dos niños debían esperar unos días a que llegara la familia que iba a acogerles y se quedaban solos. No lo pensaron mucho y se los llevaron a casa. «No cumplíamos el requisito de tener hijos, pero iba a ser poco tiempo». No contaban con que Said, de ocho años más bien tímido no quiso ir con la familia que le habían asignado porque prefería quedarse con Javi, Mari Mar y su sobrino con Jokin. Y pasó el verano con ellos. En Semana Santa del año siguiente fueron a visitarle y a conocer a la familia en un viaje que Javi califica de «muy impactante».
Said no volvió a Donostia, pero en aquella visita la pareja había conocido a un amigo suyo, a Hatari, que pasó el verano con ellos. Cuando volvieron a Tindouf ya tenían dos críos a los que visitar. Después nació su primer hijo, después el segundo, y con los niños pequeños la acogida concluyó. Han mantenido alguna relación con Said y sobre todo con Hatari y la pareja recuerda con cariño aquellos veranos. «Con Jokin se llevaban bien, aunque a veces le costaba compartir sus cosas. Pero todos lo pasamos genial».