Domingo, 14 de mayo de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
Cartas
¿Legalidad contra el hambre?
Si hay una región que paga un pesado tributo al mundo desarrollado es África. ¿Es porque son ignorantes, inútiles o no disponen de materias primas? No, la prosperidad del Norte está asentada en la explotación de África y de los países empobrecidos del Sur, de sus habitantes y de sus riquezas. En África se encuentran las minas de diamantes más grandes del mundo, son productores de materias primas (las mejores maderas, petróleo, uranio, oro, algodón gas natural...), pero les obligamos, desde nuestro desarrollo, mediante unas injustas relaciones comerciales a que cultiven lo que nos interesa, determinamos el precio al que les compramos, hundimos sus mercados, y para rematar les ponemos vallas, fronteras, policías y patrulleras para que no salgan de sus países y vengan a los nuestros. Eso sí con toda la legalidad del mundo. Pero ¿nos hemos olvidado que son personas con dignidad? Y nos preguntamos ¿Qué podemos hacer? 1. Ser conscientes de la situación que viven estos pueblos y estas personas. 2. Exigir a nuestros políticos: Que cumplan los compromisos firmados, destinando al menos el 0,7% del PIB para el desarrollo de los países empobrecidos. Que cambien las normas del comercio internacional que privilegian a los países ricos e impiden a los gobiernos de los países empobrecidos luchar contra la pobreza y proteger el medio ambiente. Que eliminen las subvenciones que permiten exportar los productos de los países ricos por debajo del precio de coste de producción, dañando el sustento de las comunidades rurales de los países empobrecidos. Que cancelen la deuda impagable: los países desarrollados, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional deben cancelar el 100% de la deuda de los países empobrecidos. Que cambien la deuda por desarrollo: destinar los recursos liberados por la cancelación de la deuda en educación, sanidad, acceso al agua potable... en los países empobrecidos. De nosotros, de nuestro compromiso y exigencia depende conseguir un mundo más justo y no podemos quedarnos sentados, mirando hacia otro lado, impasibles ante la tragedia diaria de millones de muertos que produce el hambre.



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