Desde los años 50 hasta la actualidad, se organizan peregrinaciones al santuario de Lourdes con salida desde San Sebastián. Antaño, aquellas expediciones de enfermos, inválidos y acompañantes eran más multitudinarias.
Hace 25 años, o sea, no hace tanto, una página de DV se hacía eco de «una peregrinación ya tradicional, con 318 enfermos e inválidos».
Así comenzaba el reportaje: «El lunes al anochecer, regresó felizmente la veintiochoava (sic) peregrinación diocesana de Guipúzcoa al primigenio santuario mariano europeo, presidida por el obispo de la diócesis monseñor José María Setién. Se ha satisfecho una ilusión anual compartida por nuestros enfermos e impedidos: Su peregrinación a Lourdes».
En aquella vigésimo octava campaña, aunque hasta al bueno de Iñaki Linazasoro se le escapase un «veintiochoava», viajaron desde San Sebastián hasta el santuario francés 318 enfermos. Se hacía recuento. «Diez de ellos fueron llevados en camillas, ochenta y dos en carritos, cuarenta y cinco minusválidos, subnormales o paralíticos celebrales y otros ciento ochenta y un minusválidos, enfermos de a pie que totalizan trescientos dieciocho».
A los impedidos acompañaban, según contaba Linazasoro, «otros mil doscientos gipuzkoarras, entre los que merecen especial mención los doscientos cincuenta camilleros y enfermeras que tiran del carrito, portan la camilla, dan de comer al hemipléjico, acuestan al desvalido, medican al que lo precisa a su hora justa, velan su sueño, permaneciendo durante los cuatro días de peregrinación pendientes del dolor ajeno».
El cronista volvía emocionado del viaje colectivo al lugar donde la Virgen se apareció a Bernadette Soubirous. «La vivencia de Lourdes es muy conveniente. Para justificar la comodidad de quedarse en casa, somos proclives a argumentar: «yo no valgo para eso. No vayas porque regresarás con el ánimo destrozado». ¿Derrotismos! Aunque parezca un contrasentido mojigato, la jornada de confraternización con los dolientes se traduce para los sanos en una reconfortante lección para que tengamos la humildad suficiente de elevar los ojos al cielo y balbucir un ¿gracias! por el inapreciable don de la salud».
«Sería un formidable invento que Lourdes pudiese inundar el mundo con su fraternal fragancia. Mientras esto suceda, Guipúzcoa dejó encendidas velas de esperanza, ese gran poder que tiene el alma sobre el cuerpo».