DIRÁN muchos ahora que mal acaba lo que mal empieza. Pero el fin del gobierno «catalanista de izquierdas» no estaba escrito de antemano pese a que cierra de una forma frustrante un experimento novedoso. El divorcio sobre el nuevo Estatut se lo ha llevado por delante. En el diagnóstico, muchos despropósitos, errores propios, intereses creados, una fuerte presión exterior y una dinámica autodestructiva que deja tocada la credibilidad de toda la clase política catalana. Este final sumerge en una honda decepción a quienes desde ámbitos progresistas confiaban en una apuesta arriesgada -la del Pacto del Tinell- que no ha podido desarrollar un ambicioso programa social y un proyecto de cambio regeneracionista por un debate sobre el marco excesivamente ligado a juegos de salón.
A la hora de explicar las causas de este fracaso hay que remitirse primero al tacticismo y al regate en corto que han primado en Cataluña, con una élite dirigente atrapada en sus enredos, que ha destrozado la imagen del seny pragmático. De entrada, retrata la inmadurez de una ERC maximalista que no ha sabido superar el ataque de celos que le produjo la foto entre Zapatero y Mas, y que no ha sido capaz de zanjar la esquizofrenia de ser un partido de gobierno y de oposición a la vez. Ello a pesar de ser en gran medida artífice del nuevo Estatut.
También los socialistas tienen su gran cuota de responsabilidad, no sólo por la frivolidad de la que muchas veces ha hecho gala Maragall. El PSC lideró el tripartito porque era su única posibilidad de presidir la Generalitat. Jugó a tensar la cuerda reivindicativa, pese a los problemas que abría en el PSOE, en donde los federalistas avanzan poco a poco posiciones frente a un contexto social, político y mediático hostil a los cambios en el modelo de Estado.
La muerte del tripartito es el gran triunfo de Mas. Su foto con Zapatero ha terminado por dinamitar la alianza «de izquierdas». Desde el primer día el empeño de Mas ha sido unir este nuevo estatus para Cataluña -con una mejor financiación, blindaje competencial e infraestructuras- a un escenario que le posibilite su regreso al poder. Esta obsesión ha sido una constante. En su operación necesita del aval de Zapatero. Si éste afianza su relación con CiU, terminará por llevar a los convergentes al Gobierno español. Con una derivada, que así sacrifica al PSC, que aún no tiene maduro el relevo de Maragall.
Los republicanos dicen que dejan el Govern con la bandera de la coherencia soberanista. Advierten de que no volverán a apoyar al tripartito, lo que encierra una tentación de ejercer el victimismo. Puede que ERC siga teniendo en el futuro la llave, pero ya nada será lo mismo. Zapatero no es Aznar y todos se tentarán la ropa antes de repetir ciertas alianzas. El PSOE respira tranquilo y cierto establishment madrileño pierde un fácil chivo expiatorio. Ahora toca a Maragall, Mas y Zapatero ganar la batalla del Estatut en el referéndum. Nada fácil ante semejante desgaste.
Este fiasco influirá en Euskadi, dejando sin referente a quienes veían en la vía catalana un modelo para construir una alternativa al PNV. Pero también pone en evidencia a quienes veían cualquiera sombra de ETA en la génesis negociadora del Estatut, el mismo que ha terminado por romper esta difícil coalición.