Esta edición más que una reedición es una repetición, mejorada, como acostumbran a serlo las repeticiones, de un libro que ya, desde su primera publicación, recibió encendidos y calurosos elogios de los críticos. La historia es una historia fundamental, una historia trascendentalmente literaria y literariamente trascendental, si se permite la paradoja. Una noche no cualquiera, sino una noche que es la noche, un hombre desconocido, anónimo e inocente, pierde, no un tren, sino el tren. Se ha bajado en una estación sin nombre en una ciudad que no conoce, a por agua para saciar su sed, y confunde a un parroquiano del bar con el interventor. El tren se va y el hombre se queda, en manos del destino que juega, como juega con los demás, que lo convierte para el resto no en un interventor, sino en el interventor. Y el hombre asume, sin rebeldía su nueva condición. Se trata de la paradoja del viajero que aunque desee llegar a su meta, no lo consigue. Está escrito.
Es pura escritura el libro. El autor ha escogido un estilo cargado pero lento, un estilo intenso, deslumbrante y cegador. Es una escritura cargada de símbolos, de metáforas, sobre todo, con múltiples ecos que se van multiplicando en la obra, y confundiendo unas con otras. Hay algunas referencias al viaje por antonomasia, al de Dante, por cierto; otras que tienen mucho que ver con la concepción kafkiana de la existencia. El interventor bien puede ser el hermano menor del agrimensor K. Y están, cómo no, las Sagradas Escrituras, como cemento que va uniendo los diferentes trozos de la muralla inexpugnable en la que se convierte todo lo que le rodea al personaje. Todo ello con una densidad inacostumbrada en una novela, como un paseo a través de la nada en busca del todo, un viaje nocturno y nebuloso sobre paisajes que parecen extraídos del libro de las pesadillas, con personajes a los que les han dado al vuelta como a un calcetín, en una atmósfera sobrecogedora. Hay una verdadera contundencia en la prosa, que obliga al lector a la lectura lenta, reflexiva y reposada.