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| Segunda de feria: Seis toros de Victoriano del Río. Corrida seria, armada, cuajada y de distinto remate. Salvo el quinto, que manseó y punteó defendiéndose, se emplearon todos los toros. El cuarto fue el de más calidad. El sexto, el de más fondo. Primero y segundo quisieron sin reservas. El tercero, con menos fuelle, fue particularmente noble. Luis Miguel Encabo, silencio y una oreja. César Jiménez, una oreja en cada toro. Salió a hombros. Eduardo Gallo, silencio y una oreja. Lleno. Viento fuerte durante la lidia del primero. A partir de banderillas del tercer toro lluvia, que cesó en banderillas del sexto. |
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La muy seria corrida de Victoriano del Río estuvo bien viva, dio juego más que notable y repartió fortuna. Un torero a hombros, César Jiménez. Con méritos más que sobrados, con algún voto en contra también. Con una parte épica, además, porque el único trago amargo fue el quinto toro, descaradísimo, probón y sin ganas de pelea. Muy relevante el gesto de sacarse ese toro a los medios y ahí, bajo la lluvia, aguantarlo, obligarle, meterlo en la muleta mal que bien, consentirle, dominarlo y librarlo en memorable tragantón. Contó menos que cualquier otro el primer toro de corrida. No por el toro sino por los elementos: un ventarrón intenso que anunciaba tormenta. Pero luego, aunque no del todo, se echó el viento y vino a saltar el toro del primer triunfo de San Isidro. Lindo mozo el toro, de cuajo sin carnes de más, fino de cabos, precioso el remate. Semisuelto del caballo con el que picó muy bien Juan Bernal, el toro se definió en banderillas con buen galope. Antes de que el viento se terminara de echar, César Jiménez estaba hincado de rodillas en el mismo platillo y desde ahí llamó al toro, que se le vino a vivo tranco desde tablas.El golpe, tan atrevido, fue magistral. El viento volvió a levantarse cuando, ya en el tercio, el torero de Fuenlabrada atacó con la zurda. No le tembló el pulso a César, que dejó estocada tendida.
Ahí se calentó la corrida y quién sabe si no la feria también. Pero se puso a llover en el tercer toro, de mucha menos fuerza que los dos primeros. Gallo, seguro y firme, pecó de torear sin apenas tocar o sólo a favor de inercia. Luego se sucedieron por su paso varios acontecimientos. Primero, un cuarto toro de muy distinguida calidad. Luego, el quinto que tan caro lo puso todo con sus guadañas y renuncias.
Y al fin un sexto de inmensa presencia pero espléndida condición. Encabo, tras larga faena de más oficio que inspiración remató con espadazo en los bajos.
Con el quinto se jugó con desenfado y listeza el pellejo César Jiménez. Y con él último se destapó y descaró Eduardo Gallo ileso del trance, con sangre de toro por la cara. Estocada de dejarse el carné. Una oreja importante.
LA CORRIDA DE HOY I Seis toros de Garcigrande para El Fandi, El Capea y Castella