El ladrón, estafador, delincuente en general, tiene más y mejor fama que el estafado, robado o víctima. Es de tradición, como amar el chocolate con churros, el jamón y el tinto y odiar a perros, suegras y árboles. El Dioni robó un furgón blindado y se convirtió en héroe. Un tal Sabina lo entronizó con una canción. El Lute también fue un héroe, hasta que salió de la cárcel, y se convirtió en un ser normal, como todos. Los desmanes del clan de Marbella, por ejemplo, no han adquirido la categoría de heróicos, pero ellos y ellas salen todos los días en la televisión, lo cual es una manera de subirlos a los altares. Algo habrán hecho.
Y ser alcalde de Marbella sigue siendo, aún hoy en día, el sueño de muchos desheredados de la fortuna. Vamos, que si hubiese oposiciones, o casting para ello, la cola llegaría hasta Singapur. Existe también una suposición de que el que se deja engañar o estafar es un «primo», un «pringado», un «matado». Por algo será. Quien así piensa, que los tontos son los otros, está convencido de su superioridad moral y de su mayor o mejor inteligencia. Dice «¿A mí me van a pillar!» Es el que no hace nada cuando ve que a alguien lo están engañando o robando; piensa que se lo tiene merecido. Pero cuando vuelven las tornas, y el individuo en cuestión es timado, engañado o estafado, cosa que tarde o temprano sucede a todos, entonces monta la de Dios es Cristo. No hay derecho. Y amenaza hasta al lucero del alba, aunque sus palabras, luego, se diluyen en el agua, como un pequeñísimo azucarillo.