Jueves, 11 de mayo de 2006
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Politica
Uriarte ve más realista un compromiso de no volver a la violencia que pedir perdón
El obispo de San Sebastián cree que el arrepentimiento impuesto puede prestarse a «farsa, fraude o humillación» Aboga por una justicia que promueva la reconciliación
Uriarte ve más realista un compromiso de no volver a la violencia que pedir perdón
Monseñor Uriarte conversa con dos asistentes a la conferencia que ofreció ayer. [LUSA]
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SAN SEBASTIÁN. DV. «La trilogía pacificar-normalizar-reconciliar es para muchos la triple tarea capital que le espera a nuestra sociedad». A partir de esta frase, el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, aportó ayer su punto de vista sobre el papel que la comunidad cristiana puede desempeñar en uno de los elementos de esa trilogía, el de la reconciliación. Lo hizo en una conferencia dentro de la 'XIV Semana Social Ricardo Alberdi', organizada por el Secretariado Social Diocesano. Habló de víctimas, de justicia y de un perdón que no tiene por qué «ser impuesto como trámite».

Quizá consciente de la interpretación que podría hacerse de sus palabras, monseñor Uriarte las argumentó con numerosas referencias, muchas de ellas bíblicas. «El perdón que Dios ofrece en Jesús se adelanta al arrepentimiento del pecador, a la reparación que éste le ofrezca, al cambio en su conducta». Con estas palabras, el prelado se adentró en una cuestión espinosa, la exigencia desde diferentes sectores de que los miembros de ETA se arrepientan públicamente.

«Los muros levantados son grandes y las heridas graves, injustas y duraderas». El prelado fue tajante al asegurar que «ninguna instancia exterior puede exigir a las víctimas el perdón». Y también recordó que «quienes han de pedir perdón se encuentran con barreras infranqueables». Desde este punto de vista, aseguró que «quien ha agredido debe pedir perdón», aunque reconoció que «si la elaboración no ha llegado a ese punto, no parece que esta petición deba ser impuesta como trámite» ya que «se presta a farsa, fraude o humillación». «Es más realista y práctico asegurar algún tipo de reconocimiento y el compromiso de no repetición», concluyó.

Memoria sin odio

Además del perdón, la reconciliación está compuesta por otros dos valores: la verdad y la justicia. «El perdón, componente de una profunda reconciliación, no se construye sobre el olvido, sino sobre la memoria, sólo recordando se sana la memoria», afirmó el obispo. El prelado advirtió sin embargo que «la verdad puede convertirse en un arma arrojadiza que, si se utiliza habitualmente, impide la reconciliación porque se convierte en un intercambio de agravios». Por ese motivo, insistió en la necesidad de que «la memoria que recuerda haya depuesto su carga de odio y resentimiento, y se haya abierto a escuchar la memoria de los otros».

El reconocimiento de las víctimas y la reparación del daño que han sufrido es otro de los pilares básicos de la reconciliación, y está ligado al concepto de justicia. Monseñor Uriarte advirtió de su intención de «evitar de entrada un equívoco» al referirse a las víctimas, a las que definió como «aquellos seres humanos que han tenido la experiencia personal o familiar de un sufrimiento hondo, grave, irreversible, provocado por la violencia desatada en la confrontación destructiva que hemos venido padeciendo con independencia del signo u origen de esta violencia».

Para evitar posibles nuevos equívocos, el prelado recalcó que no quería diluir «todas las víctimas en un magma indiferenciado». Por ello, enumeró una lista de diferentes tipos de víctimas, entre las que citó las «inocentes y las que no lo son», las «mortales y las que han conservado la vida» o las «provocadas por el terrorismo y las generadas por abusos de las fuerzas del orden». «Todas ellas necesitan ser atendidas de manera diferenciada y proporcionada», afirmó. Uriarte señaló que «corresponde siempre al Gobierno decidir la política pacificadora y reconciliadora que abra una futura convivencia mejor». Y añadió que son los jueces «quienes tienen el deber de establecer penas y la duración de su cumplimiento».

El obispo habló de una justicia que atienda a las víctimas, que no genere impunidad y que no esté contaminada «por ninguna opción ideológica». Habló también de la misma justicia, pero esta vez unida al concepto de reconciliación para no ser «excesivamente estricta ni rígida» porque «la deuda saldada hasta el último ápice resulta ser con frecuencia una nueva injusticia». «Los jueces habrán de combinar armónicamente justicia y clemencia, sin desnaturalizar la una ni la otra. Así puede también requerirlo -explicó el obispo donostiarra- una determinada oportunidad política en la que el bien común aconseje que las leyes justas se apliquen, sin desvirtuarlas, con especial flexibilidad».



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