No me siento digno de ella, de su amor de sirena, sus atenciones de musa, pero aquí estoy, abrazando tiernamente a María del Mar Bonet, sin saber cómo he llegado a esto. Tras de nosotros se alza imponente la catedral de Palma de Mallorca. De qué manera literal concibo ahora, en este éxtasis del sueño, la procedencia «del mar», pues en verdad sus ojos son una posesión serena del Mediterráneo, una tibia concentración marina, unos ojos de masía con vistas al mar. Pero de pronto, cuando más fuerte la abrazo y beso entre la negra melena sus mejillas áureas y ensaimadas, un automóvil cae en picado a través de la pronunciadísima rambla. «¿Le ha fallado la palanca!» -grita despavorida María del Mar, refiriéndose al freno de mano, mientras el coche revienta contra una esquina a un peatón lacio, que al instante ya presenta ese aire desharrapado y descalzo de los muertos.
Ahora la diva se consuela entre las tiendas y los puestos de un barrio con atmósfera asfixiantemente textil. El mismo perfume barato -¿o tal vez ambientador?- impera en todos los comercios. Blusas bordadas, pendientes y collares, ella se lo prueba todo, después se pinta los labios con esa indiferencia magistral con que las donas saben pintarse los labios. El dependiente de Calzados Ríus adquiere un aire detestable mientras le muestra unas sandalias a María del Mar. Cuando el tipo me sonríe -los dos hombres arrodillados a los pies orientales de la musa- compruebo que se trata del peluquero aquel tan patético que fue marido de Karina.