Da la impresión de que Rosas rojas quiere aprovechar la senda de la comedia británica moderna, Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y demás resultonas historias que sacan chispa a la vida sentimental. Rosas rojas tiene a un actor, Matthew Goode que, si recuerda continuamente a Hugh Grant en aspecto físico y gestos, parece imitarle directamente en la secuencia final de la película. Además, estamos en Londres, y si esas calles no son de Notting Hill, se parecen mucho. También hay una boda y los imprescindibles me-quiere-no-me-quiere. La novedad aquí es que, una vez casada la convencional novia protagonista, se ve de pronto asaltada por la atracción hacia otra mujer, una florista que ni siquiera ella sabe por qué está en la boda.
El caso es que la cambiante enamorada no termina de aclararse si sí o si no, y le cuesta más de una hora de película decidir que va a ir a por la florista con todas las consecuencias. No sería mayor problema si en la decisión hubiera enredos, interacciones, equívocos y revueltas de guión que entretuvieran un poco la espera. Pero lo poco que pasa es melífluo y meloso a más no poder.
Sería conveniente también que hubiera unos personajes secundarios interesantes, jocosos, ingeniosos, que aportaran entretenimiento. Pero tenemos a una niña preguntona que si a su tercera cuestión ya se hace pesada, cuando va sacando su centenar de dudas se hace insoportable sin remedio. También hay un padre alelado que poco tiene que hacer, aparte de aguantar a su déspota mujer, una madura sarcástica que podría haber sido arrolladora en manos de una Shirley McLaine, por ejemplo, pero nada. Otra pesada.
Mientras tanto las dos mujeres enamoradas ponen caritas y tontean como dos gatitas entre músicas edulcoradas y romanticismo de postal. Cualquier parecido verosimil con el dilema de una lesbiana convencida y una mujer que nunca creía que se iba a enamorar de otra, debe considerarse pura coincidencia. Rosas rojas es superficial y banal con militancia.