Vuelven las golondrinas del pasado que observo que no son oscuras como las pude haber previsto quién sabe si por hacer caso a metáforas muertas, a frases hechas, a tópicos, que en todo eso puede convertirse por desgracia hasta la misma poesía, sino hasta pechiblancas como que parece milagro, tanto puede la fuerza del recuerdo que se renueva. Hasta después de haber dicho «adiós a todo eso» a estilo Robert Graves a lo que se supone que nunca volverá, uno se encuentra con el pasado en las manos, acaso con estas nuevas ediciones de viejas escrituras de los Hamsun, Melville, Conrad, Casanova, Baroja, Gide, Conan Doyle, Marai, Zweig, etcétera, etcétera, que ahora me florecen en las manos. Hasta la gran ave casi como que parece ectópica de Chateaubriand y su Memorias de ultratumba' un maravilloso pájaro de plumas milcolores en donde nos cuenta cómo fue su vida.
Todos ellos me renuevan viejos recuerdos de momentos gozosos y pienso que si me vuelven mis viejas lecturas (que fue lo único que tuve) es que la vida es estática cuando también me fue extática, un absoluto éxtasis aquel tiempo ahora por tantos tan vituperado cuando algunos decían que era el Fahrenheit 451 según el catastrofismo bradburyano y acaso fue por eso que nos volcamos sobre los libros de manera tan absoluta, quizá por verlos de manera tan combustible y convertidos en pavesas. «Vivir es ver volver» escribía en uno de sus mejores textos, dedicado a Las nubes, el Azorín que ya hace tiempo que pasó a ser un clásico, «es ver volver todo en un retorno perdurable, eterno; ver volver todo -angustias, alegrías, esperanzas- como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables», que abrimos los brazos y nos crucificamos y nos cristificamos entre pasado y futuro, amplio y breve pero no importa la contradicción. Ni la esperanza sin esperanza pero también sin desesperanza. La meta.
Tren correo. Se nos habla ahora, ¿cuán largo me lo fiáis!, de esos trenes tan veloces que, en contra de lo que sobre los mansos señalan las bienaventuranzas del sermón de la montaña, poseerán la tierra. Veloces trenes cuyo nombre más adecuado sería Exhalación, cuya estela que es simple fulígine está reñida, dicen algunos, con la ecología, asignatura imprescriptible que va más allá del debate, se teme. Que, es que dícennos que, allá por tiempos venideros, cuando las malvas (con alguna que otra ortiga muy fieramente punzante veteadas, hayan crecido y se ajado y vuelta a crecer sobre el potrero exiguo de nuestro cuerpo que diría el corrido, un concurso de animalias lujuriosas ensayando túneles en nuestros miasmas) volarán los trenes al estilo rotundo de vehículos balísticos, y en par de horas y media más, las dos ciudades, centro y periferia, podrán darse la mano, hola qué tal, y dejar allá en el recuerdo aquellos míticos trenes decimonónicos de la transestepa ibérica llenos de turistas trimesinos, el botijo sudoroso a los pies del asiento, el pan de tahona y el chorizo y el queso de mano en mano, la invitación inalienable (¿gusta?, que no era invitación sino orden), la lija de la carbonilla en el pestorejo y las horas y más horas en el traqueteo, que uno recordará siempre, inalienable también por siglos que se viviera, ese viaje de encaje de bolillos realizado entre el deleite del ensueño y el agobio de las romas pesadillas, en el tren que arrancaba a eso de las nueve de la mañana de la estación del Norte proximidades del viejo campo de fútbol y se asomaba poco a poco, estación por estación, la saca del correo en cada una de ellas como para darle justificación nominal de tren correo, y mientras repercutía, parcheo soberano, el tacatá, tacatá, tacatá de los tramos viarios que nos irían dando la gran paliza, y nos abríamos a la paramera castellana, canciones de los años cuarenta, sol de plomo fundido o yelos carámbanos, según la época y el día, claro, a la Gran Estación. Cualquiera puede meterse a escribir la historia heterogénea del tren, de los trenes, de los carriles, los ferrocarriles y los ferrocarrileros, Elena Poniatowska, parisina y mejicana, por un ejemplo, El tren pasa primero (Alfaguara), no nueva ni tampoco vieja historia del tren, de las infinitas que se han contado...
Estación Felicidad. Como el calendario, siempre más puntual que los trenes, nos ha recordado que hace ciento cincuenta años que nació Sigmund Freud, perteneciente a aquel grupo de los tres mosqueteros (que como bien sabía papá Dumas eran cuatro), judíos que dejaron estela en el siglo en que araron, en la Economía (Marx) y en el Infinito (Einstein) y en el Elan (Bergson) mientras navegaba el doctor vienés por las anfractuosidades del alma y sus ensoñaciones (que dedico el recuerdo al admirado maestro y amigo César que él sabe por qué, cuándo y cómo), desde los llamados no sé yo si instancias superiores, poderes públicos, gobiernos o administraciones, se nos ha querido regalarnos un sueño. Un sueño magnífico, extrasutil, de amplísimos horizontes por donde hemos transitado incontables veces todos los nefelibatas que, en realidad, somos todos, que, en realidad, qué ser humano es aquel que no ha soñado alguna vez. Un sueño magnánimo de un tren que nos llevara en volandas como el carro de fuego de Elías, que habría que saber cómo lo interpretaría el mago del psicoanálisis, cómo lo dejaría tan desnudo de sombras defensivas igual que ese pájaro que, en la rama desnuda se ve también desnudo y hay un nido de seda a su espalda, los aires suaves de la primavera para aprender a volar, pero siempre queda el susto del salto, el pájaro en cierne, el vuelo en alón que las plumas aún no vinieron, lo que molturaría la máquina freudiana para colocarnos a lo largo de todo el recorrido soñado, orilla de las vías al viejo juego de ver pasar los trenes y ver el estrépito del mercancías, una quejumbre horrísona hecha metal viejo, roce siniestro, ruedas que machacan los tímpanos, el milagro del Wagon-Lits Grandes Expresos Europeos con la almibarada carita angélica de tirabuzones soñolientos que se vislumbra a través del cristal de la ventanilla, mientras el llover de la noche de todas las noches que llueve y no llueve diamantea los techos y paredes de la bestia jadeante, que le serviría una vez más, para decantar el hecho que a todos los sueños sucede hasta en las pesadillas, a señalar la falta de la estación más esencial, la estación Felicidad que todos soñaron con levantarla al comienzo del viaje y quisieron reiterarla a todo lo largo del recorrido y no pudo ser, y pasaban las estaciones una tras otra y saludaba levantando su banderín el ferroviario y la estación se nos iba quedando lejana sin haber siquiera pasado por ella. ¿Cosas de los sueños!...