T odos pagaríamos una buena suma por leer la inesperada carta que, tras 27 años sin que sus respectivos países se hablaran, ha escrito un presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, a su colega estadounidense, George W. Bush, pero deberemos conformarnos con las migajas del portavoz en Teherán: se trata de hablar de los grandes asuntos internacionales y de buscar soluciones para la vigente y frágil situación mundial.
Por una vez, Bush debe estar tan en ayunas como nosotros, porque probablemente la carta, entregada el lunes en la oficina de intereses estadounidenses en la embajada suiza en Teherán, deberá ir por correo diplomático a Berna, es de suponer, y allí ser entregada a la diplomacia de EE UU. El mandatario norteamericano ¿está en ascuas? Es poco probable y ya ayer algunas voces sensatas alertaban contra expectativas exageradas. No parece probable que Ahmadineyad haga propuestas concretas de resolución del contencioso entre los dos países a cuenta del programa nuclear o, más allá, proponga una normalización que cancele la absurda situación: no hay relaciones diplomáticas desde la creación del régimen islámico en 1979, tras la revolución jomeinista.
Todo sucede en vísperas de que el Consejo de Seguridad de la ONU reexamine la situación y emita una resolución enérgica, aunque sin amenazas ni sanciones, reiterando la exigencia a Irán de que pare el enriquecimiento del uranio y se avenga a cooperar con la AIEA. Y cuando Teherán se siente amenazada por un ataque militar norteamericano y/o israelí contra sus instalaciones.
Se subraya en medios competentes una frase del presidente el domingo en su discurso ante los basiyi, los voluntarios militarizados del régimen: «no nos dan nada a cambio y encima quieren imponernos sanciones». Pero, ¿y si se les da algo interesante? Una alternativa a la situación sería, como proponen ya muchas voces en los Estados Unidos, negociar con Irán y ver de detener su plan nuclear aunque eso signifique, sencillamente, el abandono de la tesis del cambio de régimen.
En otras palabras: ¿podría estudiar Teherán una fórmula que, a cambio de la congelación del programa atómico, significara ni más ni menos la consolidación política de la República Islámica? Si Washington aceptara tal cosa sí habría una posibilidad de arreglo, pero es casi seguro que nada de eso está en la carta, repleta probablemente de generalidades.