Hay formas tontas de morir, pero fallecer por culpa de la cocina de autor puede resultar muy donostiarra pero también tontísimo. Me advierten del riesgo de que algún día haya una desgracia ante el Arzak. Se entiende que resulte muy especial comer en el mejor restaurante de muchos kilómetros a la redonda y que algunos comensales quieran guardar un recuerdo más allá del paladar. Pero resulta que más de uno intenta fotografiarse ante la fachada de Arzak y, claro, para que se vea con perspectiva, o los fotografiados o el fotógrafo se mete en la carretera. Pero atención, que esto es la N-I. No vayamos a tener una víctima de la alta cocina.