No sé si la pasividad o el pasotismo de la Iglesia vasca (o el de la española, o incluso el de la Iglesia universal) es una «virtud» de prudente adaptación a las circunstancias o, por el contrario, es un claro desentenderse de las palabras «vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra» de su divino Maestro.
Viene esto a cuento de la apatía que muestra ante temas como el terrorismo, el fenómeno de la inmigración, el lado malo del progreso (consumismo, contaminación, desertización, globalización, masificación y sus consiguientes consecuencias de delincuencia, ruidos, suciedad...) o aspectos importantísimos de índole humana y personal, como la frustración afectiva y sexual en el matrimonio y su más que probable relación -en muchos casos- con las enseñanzas, obligaciones y prohibiciones sobre este tema con que la Iglesia (que no Cristo) carga los hombros de sus fieles, mientras, por otro lado, también permanece indiferente ante la frivolidad sexual o falta absoluta de pudor y recato de buena parte de la sociedad (por ejemplo la gente que colaboró y se prestó posando desnuda para el fotógrafo Spencer Tunick hace poco en nuestra ciudad). O el vía crucis cómico que se hizo el domingo 23 en Bilbao, como crítica befa a los arbitrajes que supuestamente sufre el Athletic.
En suma: que no da -ni mucho menos- un puñetazo encima de la mesa para luchar y tratar de evitar los males que le vienen al mundo por la llamada contracultura. No me extraña que, al contrario que su Fundador, no sea perseguida. Pero es que ocurre lo mismo -salvo alguna excepción- con la Iglesia italiana y la mafia, o con la norteamericana y su, al parecer, relativamente cómoda situación y ausencia de persecución por los poderes públicos (o privados) yanquis. Y temas no faltan (guerra de Irak, bloqueo a Cuba, Guantánamo, pena de muerte, capitalismo salvaje...).