LOS ÁNGELES. United 93, la primera producción de Hollywood sobre los atentados del 11 de septiembre del 2001 en EE UU, sacudió en su primer fin de semana en la cartelera el alma de muchos espectadores que salieron del cine llorosos y mudos. La película del británico Paul Greengrass sigue minuto a minuto y con un tono casi documental el vuelo del último de los aviones secuestrados en el 11-S, que nunca llegó ni a su destino original ni al que pretendían alcanzar los terroristas.
Una cinta sin estrellas, donde muchos de sus intérpretes ni tan siquiera son actores, sino personas que vivieron de cerca esa jornada o compañeros de trabajo de algunos de los fallecidos, y que contó con el apoyo de las familias de las víctimas. La cinta llega envuelta en una gran polémica sociológica en EE UU en torno a si los estadounidenses están o no preparados en este momento no sólo para rememorar el horror, sino para revivirlo de manera encarnizada.
Indudablemente, los espectadores que escogieron United 93 no salieron del cine como entraron. La sensación se repite en todo el país: tras la gran pantalla en negro con la que termina la cinta y antes de que comiencen los títulos de crédito, la gente se frota los ojos, recupera la respiración y se levanta. Al salir, el silencio sepulcral tan sólo se ve roto por sonidos guturales de gente que se traga las lágrimas y da profundos suspiros como los que sólo se producen en situaciones límite. No son sollozos. «Ni siquiera puedo llorar, aunque me gustaría», reconocía Eileen, una mujer de unos 40 años. EFE