Siento decir que experimento más temor que esperanza ante este tiempo nuevo (¿nuevo?) que parece iniciarse tras el denominado en lenguaje militar por la banda armada «alto el fuego». Ojalá que la realidad venidera haga vanos mis temores. Siento temor ante una organización que si dice renunciar a su dinámica de muerte, extorsión y destrucción no lo hace por motivos de conciencia sino de pura y dura conveniencia. Por impotencia sencillamente, por la acción eficaz del estado de derecho, por el rechazo ciudadano, por la carencia de vocaciones. Es preciso parar y buscar el salvar los muebles antes de que sea demasiado tarde, es decir, sacarle rentabilidad al asunto por medio de una negociación.
Siento temor y mucho ante los que siempre de una forma o de otra han amparado la acción terrorista y jamás han pronunciado una palabra de neta condena aún tratándose de las acciones más criminales y mortíferas. Recordemos Hipercor, los cuarteles de Vic y Zaragoza, el secuestro de Ortega Lara, el asesinato de Miguel Ángel Blanco, etc. Esos mismos se nos presentan ahora como otro Juan el Bautista heraldos de una nueva era, mensajeros de la paz, recibidos en Ajuria Enea con todos los honores, llevados de la mano por un ilustre clérigo irlandés. Su lenguaje es el de siempre: mendaz, distorsionador de significados, vocablos que no remiten a nada. Detrás del lenguaje sólo hay ansia de poder, de dinero, afán de embaucar, de buscar compañeros de viaje.
Y siento temor también -y me duele decirlo- ante una autoridad gubernamental que se me antoja no demasiado clara, sospechosa de ocultar la verdad, deseosa de ponerse medallas y ganar las próximas elecciones. Y mi más profundo temor tiene que ver con las víctimas. Temo que sean ellas a la postre las que se vean burladas en sus legítimas aspiraciones de justicia, la moneda de cambio, las que vean al final cómo debajo de su vivienda abre tienda el que fue su verdugo. Más que nunca se impone a todo ciudadano honrado un incremento de atención y vigilancia.