Después de cuatro partidos en los que todo salió bien, nos encontramos ayer con una de esas tardes que parecen escritas para amargarnos la existencia. José Mari Bakero y sus jugadores eran los únicos que habían hablado de que el Sevilla iba a venir a por todas a Anoeta. La lluvia de resultados positivos de la semana anterior había disparado la euforia y el éxito europeo de los andaluces del jueves pasado y la larga celebración nocturna hicieron crecer la sensación de que el Sevilla iba a venir de paseo a San Sebastián. Nadie que conozca al equipo de Juande Ramos podía creer que el Sevilla iba a regalar puntos que le hacen falta para asegurarse un puesto en Europa la próxima temporada. Cuando nos dimos cuenta de que el partido iba en serio, ya nos habíamos llevado más de un susto. Cuando comprendimos que había resultados que no nos iban a venir bien, ya estábamos con el marcador en contra y un par de jugadores menos sobre el césped. Ahora ya sabemos que la Liga no se ha terminado. Ahora parece claro que 38 puntos no van a bastar. Al menos, está claro de que no tienen por qué bastar. Es algo que los realistas ya sabían y que ayer se lo recordó un Sevilla que tiene fuerza, talento, habilidad para moverse en el mercado, dinero fresco gracias a los dispendios de Florentino Pérez y sabiduría para sacar rendimiento a su propia cantera. Y encima han llegado a la recta final de la campaña con todas las fuerzas frescas, que tiene su mérito después de haber superado media docena de eliminatorias europeas. La Real está en otra pelea. Necesita seguir sumando. Necesita, al menos, no volver a perder. Hace algunas semanas, con el equipo al borde del naufragio, dijimos que no debíamos mirar atrás, que todo el futuro se reducía al partido contra el Málaga. Lo mismo cabe decir ahora, aunque la presión sea un poco menor. No hay más partido que el de Cádiz. Hay que ganar y no se puede perder. Quedan dos días.