Si todavía no se han cansado de la ola de nostalgia que nos ha invadido estos días con el aniversario del primer campeonato de Liga obtenido por la Real Sociedad, permítannos poner en esta sección un último capítulo al tema.
Porque, tras el gol de Gijón, el equipo se tuvo que desplazar a Sevilla, para jugar un partido de Copa. Y no fue hasta hoy, 30 de abril de 1981, cuando los jugadores llegaron a Donosti. Con los días que hubo de por medio, a los aficionados les dio tiempo de coger fuerzas tras la fiesta del domingo y volver a celebrarlo cuando Zamora, Satrústegui, López Ufarte y compañía pisaron Gipuzkoa.
«Indescriptible. Sencillamente apoteósico. No se puede describir, porque hay que verlo y vivirlo, cómo 60.000 personas, que llevaban esperando tres horas la llegada de la Real a los balcones del Ayuntamiento donostiarra convertían en puro grito de color blanquiazul, sin otras palabras que '¿Real, Real!' y '¿Campeones, campeones!' que atronó toda la ciudad».
Así abría el compañero Mikel Soro la crónica de un recibimiento que pone la carne de gallina y despierta recuerdos en cuantos estuvimos allí, en los jardines de Alderdi-Eder, compartiendo aquella euforia colectiva. La espera fue larga, muy larga. Después de ser recibidos por el lehendakari Garaikoetxea en Ajuria-Enea, los jugadores ofrecieron el triunfo a la Virgen de Arantzazu. A las cuatro de la tarde, el autobús se puso en marcha desde Arantzazu en dirección a San Sebastián, a donde no conseguiría llegar hasta cinco minutos antes de las once de la noche. «Siete horas tardaron, porque en los sitios previstos, y en los que no, fueron homenajeados por los guipuzcoanos».
Dos notas de luto en mitad de la alegría. Una mujer, demasiadas emociones, fallecía de infarto en Aretxabaleta tras dar la mano a los jugadores. Y entonces se supo que Paco Bienzobas, el Pichichi blanquiazul, había fallecido sin saber del triunfo de su equipo, ingresado de una hemiplejía la víspera del partido de Gijón.
Pero volvamos a Alderdi-Eder, al centro de la ciudad en el que no se sabe si 60.000 o cuántos donostiarras esperaron tres horas entre bocinazos, banderas y música de txarangas la llegada de sus héroes al balcón de la Casa Consistorial. Por fin, Arconada e Idígoras lanzaban sus txapelas a la multitud, Orbegozo daba «goras» a la Real, a Gipuzkoa y a Euskadi, la ciudad era una fiesta.