En el fondo, su misión es la misma ayer que hoy: colaborar con la Corporación Municipal en la gestión de sus respectivos acuerdos, aunque nada tienen que ver aquellos empleados municipales del «vuelva usted mañana» o «le falta una póliza» con los modernos funcionarios a los que, generalmente, apenas conocemos más allá de su mentón, ocultos tras la correspondiente pantalla de ordenador. Tampoco, si visitamos los distintos departamentos municipales, encontraremos hoy personas que desarrollen las actividades que antaño les eran encomendadas y que, con la perspectiva del tiempo, resultan cuando menos curiosas si bien, en ocasiones, encontraremos cargos similares aunque con otra denominación y nueva orientación sobre el trabajo a realizar.
Podemos, si queremos volver loca a la funcionaria de turno, acudir al mostrador de Información y preguntar por el despacho del «Fiel de calle». Sin duda que se refugiará en su pantalla cibernética para terminar diciendo que no sabe de qué le hablamos.
No hubiera ocurrido lo mismo el 1 de diciembre de 1494 cuando las campanas del convento de Santa Ana repicaron anunciando al vecindario que el Ayuntamiento se iba a reunión en Pleno. El asunto a tratar era importante y afectaba a todos: se trataba de crear el cargo de Fiel de Calle, es decir, del empleado municipal «encargado de poner precio a las cosas de comer y de beber». Para tan delicada labor, los elegidos debían ser «personas de conciencia, de buen saber y de limpieza». A partir de esta fecha se nombraron cuatro al año.
Nuestra visita municipal, en esta ocasión, podría dirigirse a la Guardia Municipal y preguntar por el funcionario Vela Sagramentero.
Era un cargo al que sólo podían acceder las personas que fueran electores o elegibles. Se nombraban ocho al año, dos en cada ocasión, es decir: el 1 de enero, el día de Pascua, el día de San Juan y el día de San Miguel, y los dos elegidos repartían su trabajo entre las doce de la noche y las doce del mediodía y lo contrario.
Sus deberes eran «rondar y velar la villa, así por el fuego como por evitar delitos y cosas no debidas, quitar y apaciguar los ruidos, tener en la cárcel a los que reñían y de hábito tenían por costumbre andar de noche, y debían hacer limpiar la delantera de sus casas a cada vecino, cada quince días, en época de verano». Al sueldo de los Vela Sagramenteros se añadía el 50% de las multas que ponían y cuando el trabajo superaba sus posibilidades podían solicitar que les acompañara cualquier vecino de San Sebastián que, bajo pena de una fuerte cantidad de dinero, tenían obligación de hacerlo.En el recuerdo de muchos están todavía las imágenes de los guardamontes y serenos, de los barrenderos con sus vetustos carros -como el que vemos en la fotografía adjunta-, de los conductores de apisonadoras, desfilando ante la Corporación, junto al resto de trabajadores, el día de su santo patrono. Atrás quedaron los jurados, los porteros municipales, los mayordomos bolseros, los pregoneros, los verdugos y los comisionados de postulantes, entre otros.
Estos últimos, los comisionados de postulantes, antiguamente llamados celadores de pobres, tenían como misión permanecer todo el día en la Puerta de Tierra para impedir la entrada de mendigos en la ciudad.
Historia distinta es la de los pregoneros pues era corriente que el cargo, por obligación, fuera unido al de verdugo, motivo por el que no había persona que quisiera pregonar por las calles donostiarras. Los pregoneros debían «azotar y ajusticiar a los delincuentes» lo que les hacía impopulares, siendo despreciados y temidos hasta el punto que, cuenta Serapio Múgica, «algunas mujeres embarazadas abortaban y morían sus criaturas cuando el pregonero entraba por cualquier motivo en sus casas». Para evitar dicha situación el Ayuntamiento, enfrentándose a lo que ordenaban las leyes entonces vigentes, acordó separar ambos oficios y así, con el paso del tiempo, consiguió hacer del pregonero una persona popular y querida por los vecinos. Los últimos pregoneros donostiarras, allá por la segunda década del siglo XX, fueron Pedro Gorospe y Luis Castañeda.
Nombre curioso era el de los mayordomos bolseros, así llamados porque eran los encargados de la conservación y administración de las bolsas municipales, del erario municipal. Conocido como tesorero en el siglo XX, el mayordomo bolsero era el único encargado de vigilar y controlar los fondos de la ciudad y los Jurados, teniendo por testigo al escribano, debían hacerle conocedor de todas las rentas, posesiones y deudas que tenían los habitantes de San Sebastián.
El cargo de mayordomo bolsero fue suprimido en las ordenanzas municipales de 1758 debido a los grandes abusos que venían produciéndose, pues, se dijo, muchos regidores hacen uso de los fondos sin ingresarlos en la caja del bolsero.
De todo lo recordado, y de mucho más, debían dejar constancia los escribanos fieles, ya que sin su firma los Jurados no daban validez a ningún documento. Se daba la particularidad de que los diez escribanos de la ciudad tenían que ocupar el cargo en algún momento, cosa que nos les agradaba porque el municipio tan solo les pagaba 3.000 maravedíes al año, cantidad inferior a la que ganaban en sus despachos. Como algunos conseguían evitarlo y a otros les tocaba siempre, en 1582 se optó por que la prestación del servicio fuera por lista y con un año de duración.
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