SAN SEBASTIÁN. DV. Ya antes de morir el escritor británico Graham Greene comenzó a ser protagonista de biografías. Otros autores suelen tener que esperar más, pero es que a Greene hay que reconocerle al menos dos méritos: vivir muchos y agitados años y enfermar y morir en una década en la que autores y editoriales empezaban a ver en el descubrimiento de supuestos secretos personales de grandes nombres del arte una mina de oro. Así fue como el escritor de El americano impasible, El factor humano y El tercer hombre, entre otras, llegó a convertirse en protagonista, según sus conocidos, de las novelas de terceros.
En ellas cualquier gesto o detalle aislado sirvió para definirle: era un sádico, un maltratador, un mujeriego, un homosexual, un espía. De todo hubo. Yvonne Cloetta, la mujer que compartió con él los últimos 32 años de su vida, decidió, años después de la muerte de Greene y con las biografías mencionadas ya en las librerías, que quería contar su parte de la historia. Y tuvo muy clara la frase que su compañero le había dicho cuando los primeros biógrafos comenzaron a acercarse a ambos: «O hablas o no dices nada».
Es una máxima que la bretona Cloetta recuerda varias veces en Mi vida con Graham Greene. Conversaciones con Marie-Françoise Allain, una nueva entrega de la serie Testimonios de la editorial Circe. En estas páginas, la francesa desgrana 32 años de vida en común con uno de los autores más reconocidos profesionalmente y menos conocidos a nivel personal.
Respuesta
Porque según el testimonio de Yvonne, nada es lo que parece. Sensible, amable, simpático, entregado a causas y amigos, amante tierno, a veces gracioso y muchas otras melancólico, traumatizado desde la infancia y recuperado en parte gracias al amor de Cloetta en la madurez... Así lo describe a través de una serie de entrevistas con la periodista y escritora Marie-Françoise Allain, hija de un íntimo amigo de Greene y biógrafa consentida de éste en El otro hombre: conversaciones con Graham Greene, del que esta versión desde el otro lado de la pareja copia el título.
Las conversaciones se desarrollaron entre 1994, año que Yvonne Cloetta señala como el inicio de «una tormenta de hostilidad» y «una campaña de descrédito» del autor inglés, y 2001, año de la muerte de la mujer -y fueron publicadas en Francia en 2004-. Además de sus palabras, la autora cuenta con el apoyo de cartas y textos de Greene, así como el diario de Cloetta, su Carnet rouge, en el que el escritor solía hacer anotaciones a las opiniones y descripciones de ella.
Cuando se conocieron en Camerún, a finales de la década de los 50 del siglo XX, él tenía ya 55 años, arrastraba varias relaciones sentimentales fallidas -alguna daría mucho que hablar en las biografías- y se dedicaba a viajar por medio mundo para buscar tramas y personajes para sus novelas. Acababa de pasar casi dos meses en una colonia de leprosos. Yvonne era una madre de familia que llevaba años fuera de su país de origen, Francia, donde había nacido en 1923. Y ese primer encuentro no supuso nada para ella; hasta que él insistió en que volvieran a verse durante sus vacaciones en Europa. Ese primer verano comenzó una relación nada usual -no vivieron juntos hasta que el escritor enfermó de gravedad a finales de los 80- que duraría más de tres décadas.
Complicada relación
Yvonne se trasladó a Francia con sus dos hijas, pero nunca se separó de su marido, un hombre de negocios que volvía cada verano a reunirse con la familia. Graham se mudó a un pisito de Antibes. Le conoció a fondo. Supo de su infancia feliz pero frustrada: era un niño superdotado, tímido y sensible, al que la vida en el internado traumatizó. Era el débil, todo lo contrario al triunfador. De ahí que trazara para sus obras este tipo de protagonistas: antihéroes que dudan. Causas perdidas que defender. «Desde la compasión, nunca desde la piedad», señala Cloetta. Piedad era una palabra que no soportaba.
Se definía como un «escritor por venganza», es decir, escritor para demostrar que no era un perdedor. Utilizaba rasgos de sus conocidos, amigos o enemigos, para dar forma a sus personajes. Fue espía durante un tiempo, y aunque hay quien mantiene que lo fue hasta su muerte, Yvonne lo niega. Para ella, Greene mantuvo siempre su relación con los servicios secretos británicos, pero no era uno de sus agentes. Convertido al catolicismo, izquierdista, defensor de las libertades y admirador crítico de la URSS, Cloetta hace hincapié en su búsqueda de la verdad. Y, en lo personal, de la melancolía que lo atenazaba. «La melancolía era en él una enfermedad», explica.
Compartieron amistades, viajes e inquietudes literarias. Ella tradujo algunas de sus obras y estuvo presente en la elaboración de multitud de ellas. Y es precisamente eso lo que da valor a Mi vida con Graham Greene: la posibilidad de entender algo más del proceso de creación del escritor, de sus opiniones sobre su propia obra y sobre el objetivo de la literatura. Así sabemos que ésta era para él una terapia vital para exorcizar sus demonios -de lo que el psicoanálisis fue un primer paso-.
Y sabemos que Greene sufría físicamente cuando escribía, cuando se atascaba. O intuimos el enorme esfuerzo que hacía para dotar a cada personaje de sentimientos y escalas de valores, para tener muy claro cómo reaccionarían ante determinados estímulos, buenos o malos. «La única forma de darles vida es imaginar cómo se comportarían ante una situación dada», dijo el escritor.
Ese empeño por ponerse en la piel de sus personajes, o meterlos a ellos en la de él, hizo que sus biógrafos vieran en el comportamiento de sus creaciones literarias la vida del propio autor. La frase 'yo soy mis libros', habitual en boca de Greene, contribuyó a extender la creencia. Cloetta lo niega. «No reconozco al hombre que conocí y amé en ninguno de los personajes de ficción de Graham», sostiene su compañera sentimental. «No obstante, es innegable que cada uno de sus libros reflejaba el estado mental que él tenía en un momento dado de su vida».