En los últimos meses, dos espléndidas películas del subcontinente indio han hecho del agua un símbolo de situaciones trágicas. Con El silencio del agua, el espectador asistía al proceso de implantación del integrismo en una sociedad musulmana, la paquistaní, deshaciendo el mito de que el vigente ascenso de un Islam intransigente es el producto de un pasado que hay que respetar, y de paso quedaba de manifiesto el enorme precio de la intolerancia a costa de una minoría, en este caso religiosa, los sijs. En la más reciente, El agua, queda de manifiesto la función liberadora que puede desempeñar una propuesta ideológica, aquí la de Gandhi, con su carga de nacionalismo y de religiosidad tradicional, frente al tratamiento inicuo de que es objeto una categoría social, las mujeres viudas, en nombre de una concepción de la pureza no menos enraizada en el hinduismo. Ambos filmes coinciden además en la exigencia de lo que Ortega y Gasset llamaba «ver claro», es decir, en la necesidad de proceder al análisis de los problemas sociales y políticos rehuyendo la miopía voluntaria, el eufemismo y todo sentido reverencial.
Es seguro que la Historia de la Humanidad no ha sido la historia de la lucha de clases, como pretendía Karl Marx, pero sí fue y es la historia de la opresión, de la discriminación y de la violencia. Así las cosas, la democracia constituye la única fórmula que permite abordar la superación de tales situaciones desde la isonomía, la participación igualitaria de los ciudadanos en el proceso político. También es el único cauce abierto para racionalizar la organización del poder. Sólo que difícilmente podrá desempeñar ambos cometidos si de forma deliberada los gobernantes manipulan u ocultan la información imprescindible para que los ciudadanos se orienten de cara a evaluar la adopción o no de decisiones racionales.
Una valoración de urgencia del bienio socialista presidido por Zapatero nos indica que el balance en la aplicación de tales criterios se caracteriza por la disparidad de los resultados. Dicho de otro modo, entre dos aguas. Hay una faceta muy brillante, la que en países como Italia ha hecho del ¿Viva Zapatero! la seña de identidad de una izquierda que por fin se decide a cambiar las cosas. Es cierto que el presidente cambia menos de lo que dice cambiar: pensemos en el partido que ha sacado de quitar una estatua de Franco, gesto convertido por el diario romano La Repubblica en la supresión de todos los símbolos franquistas y por el propio ZP en pieza acusatoria contra el PP. Pero no cabe menospreciar la importancia de una línea de actuaciones reformadoras, desde la emancipación efectiva de la mujer en todos los órdenes y el fin de la discriminación contra los homosexuales a la Ley de Dependencia. Es en este sentido una política coherente, donde los conceptos de justicia, de ciudadanía y de solidaridad adquieren un protagonismo muy estimable. La invocación del antecedente de la II República, en su dimensión de experiencia democrática, encaja muy bien con tales planteamientos.
La otra cara de la moneda, o cuando menos la zona de sombras, se encuentra en aquellos aspectos que precisamente han contribuido con mayor intensidad a la popularidad del Gobierno: la política exterior, a partir de la rápida salida de Irak, y, sobre todo, el aparente doble éxito conseguido al alcanzar la aprobación del proyecto de Estatuto catalán, con un alto grado de apoyo, y de culminar las negociaciones secretas y contactos con ETA en la declaración de 'alto el fuego'. Sobre lo primero, la política en Oriente Medio y Asia parece correcta, en la doble vertiente de Irak y Afganistán, pero no lo es tanto al transigir tácitamente con la escalada agresiva del nuevo presidente iraní o al no presionar de modo suficiente a Hamás. Por mucha simpatía que alguien tenga por la justa causa palestina y por el mundo musulmán, no es lícito callar ante el propósito declarado de borrar a Israel del mapa, y menos propiciar sin más el mantenimiento de las ayudas europeas con Hamás al timón. Entretanto, respecto de Chechenia, los saharauis o Cuba, ausencia total de iniciativas a favor de los oprimidos. La Alianza de Civilizaciones tampoco permite a ZP recordar el genocidio armenio, a pesar del significado que atribuye a otras represiones (su abuelo fusilado), ni aclararse sobre las variantes de islamismo, abordando el tema de la eventual gestación de un ambiente favorable a la conversión de sus sectores más radicales en viveros de terroristas. Menos mal que Interior viene mostrando gran eficacia.
Y sobre todo está el nudo gordiano de la insólita reforma del Estado por suma de acuerdos bilaterales, cuyo primer hito es el nuevo Estatuto catalán. Zapatero y Rubalcaba ensalzan el mantenimiento de la unidad española desde un mayor pluralismo, al mismo tiempo que Maragall celebra que haya tenido lugar el triunfo del bilateralismo, con el pacto entre dos soberanías, la del pueblo catalán y la del pueblo español. Alguien miente, o todos engañan, lo cual resulta incompatible, por usar el término del día, con el funcionamiento de una democracia. No estamos en la vía del federalismo, sino en la del Estado dual que tan bien resultó en Austria-Hungría, con Euskadi a punto de iniciar una trayectoria comparable, pero de resultados aún más radicales para el conjunto. Una y otra vez, el Gobierno juega al éxito para el día siguiente, cerrando los ojos ante eventuales derivas de disgregación a medio y a largo plazo. Los nacionalistas lo saben y de ahí la acusada simpatía que ellos, lo mismo que los islamistas radicales, manifiestan respecto de nuestro presidente. Catalanistas y abertzales saben lo que quieren; Zapatero y Rubalcaba parecen carecer de ideas propias y se limitan a maniobrar con habilidad para alcanzar resultados presentables ante la opinión. Esperemos, pensará Rubalcaba, que ETA, siguiendo a Batasuna, se disocie de los atentados de estos días. La verificación podrá entonces seguir, sin declaración alguna del Gobierno en el sentido de que ya la tregua del 98 mostró que una suspensión de atentados mortales era perfectamente compatible para el nacionalismo radical con la intensificación de la violencia de base, y que por tanto sería menester una tolerancia cero en ese campo.
Hay, pues, que acallar el rumor del agua, y proclamar ante la opinión pública, tanto en relación al Estatut como sobre el 'alto el fuego', mientras ello resulte posible, que todo va bien. Aunque esté de modo deliberado ausente toda argumentación sobre el fondo de los problemas. Ningún ejemplo mejor que la réplica de Rubalcaba a Rajoy, asimismo torpe hasta el límite, en el debate final del 30 de marzo sobre el proyecto de Estatut. A las objeciones del popular, el hoy ministro se limitó a repetir una y otra vez: Usted dice que sí, «yo le digo que no». Sin más. Admirable. Como la metáfora sobre el agua, de nuevo el agua, con que Rubalcaba pretendió marcar las distancias entre la ciencia química, su procedencia universitaria, y la política. Aquí no cabe mezclar, dijo, el agua fría con la caliente para que salga templada. ¿Para qué entonces, pensará un espectador, el consenso en cuestiones de Estado? Y advertencia final sobre el nivel en que se está desarrollando el debate. Rubalcaba dice ser químico, pero cualquier niño de diez años sabe que el tema de la temperatura del agua pertenece a la física. La reflexión política en un tema trascendental no va más lejos. Ahí estamos.