Nadie se compraría un bemeuve para cargarlo de estiércol. Sin embargo, cada día crecen las ventas de televisores de plasma y las audiencias de los programas basura. La tele apesta, pero no nos escandalicemos. Los datos certifican que nos gusta más ese olor que el aroma de una lectura o una conversación.
Las cadenas están explotando a destajo el filón. Hoy es tres veces más barato producir un capítulo de una serie que un programa rosa. Y, cuanto más amarillo se vuelve ese rosa, más audiencia y más ingresos publicitarios. Un día, la tele dejó de contar las vidas de los famosos. Era más rentable fabricar una realidad alternativa protagonizada por carnaza barata y periodistas gritones. Desde entonces, todo vale. Divorcios, cuernos, malos tratos, hijos no deseados, padres indeseables, intentos de suicidio y, como estrella mediática, la muerte. La de Lady Di, la de Carmina, la de Encarna, o la que se anuncia para fechas próximas en todas las pantallas.
Cada día, nos asomamos a ese infame patio de vecinos para matar el aburrimiento, confiados de que el cristal de la tele nos protege. Pero estamos matando mucho más. El tiempo de charlar o pensar. La ilusión de aprender o hacer el amor. O, por qué no, el placer de ver un buen programa . ¿Que no hay? Hoy a las diez de la noche puedes elegir entre la gran serie El ala oeste de la Casa Blanca, la comedia Mentiroso Compulsivo, Los Simpson o el programa rosa del sábado noche.
Ese es el reto. Y tú tienes el mando.