Se cumplen 60 años de la muerte de John Maynard Keynes y 70 de la publicación en 1936 de su obra cumbre, la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, y ahora que cualquier excusa resulta buena para celebrar aniversarios, parece que reina el silencio ante dichas efemérides. Y resulta difícil de explicar que un personaje de su talla, así como su obra principal, permanezcan en un olvido tan profundo. En 2005, por ejemplo, la comunidad científica celebró el centenario del llamado Annus Mirabilis de Albert Einstein, año en el que se publicaron algunas de sus principales contribuciones a la ciencia física (con la notable presencia en la capital donostiarra, por cierto, de seis premios Nobel de Física). Quizá todavía esté lejos el día en que tengamos la reputación de los físicos ¯o la de los dentistas, a la que los economistas debían aspirar según Keynes¯, por no hablar del día en que seis premios Nobel de Economía puedan departir amistosamente: la controversia es tal vez la característica predominante de la ciencia económica, una disciplina donde dos personas pueden obtener un premio Nobel afirmando exactamente lo contrario.
Keynes tuvo una vida polifacética: académico de prestigio, inversor financiero aventajado y alto cargo del Tesoro británico, fue asimismo miembro del grupo de Bloomsbury (junto con la escritora Virginia Woolf, entre otra figuras), y se casó con la bailarina rusa Lydia Lopocova, para quien se dice que fundó el Cambridge Arts Theatre. En cuanto a su Teoría General, la mayor parte de los manuales de economía sostienen que fue un libro que revolucionó la teoría económica; se trata quizá de uno de los textos de política económica más influyentes (en especial dentro del ranking de los libros citados pero no leídos), tras la Riqueza de las naciones de Adam Smith y El Capital de Karl Marx. ¿Cuál es la principal enseñanza de su Teoría General? Como no podría ser de otra forma en una obra compleja y polifacética como su propio autor, resulta difícil resumirla. Escrita en un contexto de depresión económica, Keynes sostiene que las economías capitalistas pueden y suelen sufrir situaciones generalizadas de insuficiencia de demanda de bienes y servicios, que las llevan a una situación de desempleo masivo y crisis económica y social. El funcionamiento autónomo de los mercados puede corregir ese desequilibrio, pero resulta un mecanismo lento y doloroso, ante el cual Keynes propone una receta menos traumática: la intervención estatal en la economía para incrementar la demanda con el objetivo de reducir el desempleo. Una enseñanza que así, simplificada al máximo, puede resultar de una obviedad enorme, pero que en su auténtica dimensión y en su contexto resultaba revolucionaria respecto a la teoría dominante, que postulaba que el desempleo se reduciría cuando el mercado corrigiera por sí mismo las imperfecciones: ya se sabe, laissez-faire, laissez-passer, es decir, dejad hacer, dejad pasar.
Keynes fue consciente de la importancia de su obra. En una carta dirigida al filósofo George Bernard Shaw en 1935, lord Keynes afirmaba que con su libro iba a revolucionar «la manera en que el mundo piensa los problemas económicos». Corresponde hoy a los expertos en su obra y en la materia de conocimiento que en gran medida creó ¯la teoría macroeconómica¯, profundizar en la discusión y la reflexión en torno a las limitaciones y la actualidad de su ideario tras el paso de estos 70 años. Ahora bien, algunas reflexiones resultan quizá de interés general: ¿Qué nos queda de su legado en el discurso económico y político de a pie? Uno se atrevería a decir que algo sí, puesto que todavía se suele tildar a Keynes, o mejor dicho, al ideario que supuestamente promulgó, de trascendental en su influencia en aspectos tan diversos como el pensamiento socialdemócrata o el surgimiento del moderno Estado del Bienestar. Es más, para muchos es su doctrina la que justifica la intervención estatal en la actividad económica a cualquier precio («cavar zanjas para luego cerrarlas», que supuestamente afirmara), y es que, como con Smith y con Marx, la popularización tiene un precio: la deformación de las ideas. Por otra parte, tras el paso de los años parece que la citada obra y su autor siguen gozando de antipatías diversas, señal inequívoca de trascendencia: desde la izquierda más zurda se le suele adjudicar el excesivo honor de haber salvado al sistema capitalista de las crisis cíclicas que lo deprimían, mientras que desde determinados planteamientos (neo)liberales es visto como quien legitimó con argumentos técnicos la intervención estatal beneficiosa en sí misma. Pero no nos engañemos, el discurso económico y político de a pie es cada vez más pragmático y a-teórico, por lo que huelgan las referencias a los economistas clásicos o contemporáneos (y si no que se lo pregunten a los principales líderes políticos nacionales e internacionales; por cierto, ¿se sentirá Bush keynesiano con sus hazañas bélicas?).
Paul Krugman, uno de los economistas vivos más influyentes, señala en su prólogo a una reciente edición de la Teoría General que en 2005 un panel de académicos y líderes políticos estadounidenses conservadores fueron instados a identificar cuál fue el libro más peligroso de los siglos XIX y XX. La lista se las trae; por poner un ejemplo, cabe mencionar que El origen de las especies de Charles Darwin es uno de los más citados, o sea que imagínense ustedes el percal. Pues bien, el libro de Keynes también ha sido uno de los más destacados por el panel, por delante de otros autores como Vladimir Illich Lenin. Es de suponer que Keynes se sentiría muy complacido por su pujanza subversiva. Tal vez esbozara una de sus irónicas sonrisas recordándonos lo señalado en las últimas líneas de la Teoría General: «Tarde o temprano son las ideas, no los intereses creados, las que son peligrosas para bien y para mal».