Miércoles, 26 de abril de 2006
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OPINIÓN
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Cien años de Bonhoeffer (1906-2006)
«Bonhoeffer nos confortaba en nuestro combate. Seguramente no ha habido nunca ningún teólogo protestante que tanto haya influido a lo largo de los siglos en los cristianos católicos»
Un nueve de abril de 1945, de madrugada, en el campo de exterminio de Flossenbürg era ahorcado desnudo Dietrich Bonhoeffer. Retumbaban los últimos cañonazos de la Segunda Guerra mundial. Bonhoeffer era pastor luterano, teólogo y resistente al régimen nacionalsocialista. Había nacido en Breslau (Silesia) de familia numerosa, de la alta burguesía alemana aristocrática y culta ahora hace exactamente cien años. Iniciado en la teología en las universidades de Berlín y Tubinga su pensamiento tomó en cuenta de modo creciente las llamadas realidades terrestres. «Me siento cada vez más atraído por los valores humanísticos, escribía desde una estancia de varios meses al frente de la comunidad luterana de habla alemana de Barcelona. En una conversación privada con el famoso pastor francés Laserre llegó a confesarle que él no aspiraba como él a ser un santo sino simplemente un hombre. La exclusión de los judíos de los puestos de funcionario tras el cruel decreto llamado de «los arios» le aproximó de modo más decisorio al terreno de la política. Y escribió una frase lapidaria: «nadie tiene derecho a cantar gregoriano si no protesta contra la exclusión de los judíos». En otras palabras que no hay religión que valga si no va acompañada de la acción comprometida contra cualquier marginación del ser humano.

Y llegó un día en esta dinámica en que tomó la decisión más grave de su vida. Se sumó a la conjura contra el dictador que habían iniciado militares y políticos de alto rango como los Stauffenberg, Oster, Canaris. Lo justificó con un símil: «Si yo veo en una calle de Berlín cómo un loco al volante atropella y mata a transeúntes, no me puedo contentar como pastor con orar y enterrar a los muertos sino debo lanzarme sobre el loco y tratar de reducirlo». El régimen sospechaba hacía tiempo de la actividad resistente del pastor Bonhoeffer. Le retiró las facultades de hablar y de escribir, mandó clausurar el seminario teológico que dirigía en Finkenwalde y acabó por encerrarlo con la prisión militar de Tegel en Berlín. Desde aquí escribió sus famosas cartas dirigidas la mayoría a su amigo Bethge y que fueron publicadas en los años setenta con el nombre de Cartas de la prisión. En este tiempo la Gestapo descubrió papeles aún más comprometedores que le acarrearon la pena de muerte.

Los que resistimos al régimen dictatorial del general Franco con su negación masiva de derechos de todo tipo leímos con fruición, sobre todo los creyentes, estas cartas desde la cautividad que abordaban las cuestiones teológicas más en vanguardia. Significaron para nosotros, a la vez que una renovación de nuestra vetusta teología que apestaba a manuales, una original fundamentación cristiana para nuestra actitud de católicos resistentes. En efecto, no se podía cantar gregoriano, es decir no podía uno entregarse a una piedad auténtica, sin tomar partido contra aquella negación de los derechos humanos, bien de los trabajadores (derecho de huelga, de libre sindicación), bien de los ciudadanos en general (derecho de participación en la libre actividad política, derechos lingüísticos y de la libre expresión). Bonhoeffer con su teología y su testimonio de vida nos confortaba en nuestro combate.

Seguramente no ha habido nunca ningún teólogo protestante que tanto haya influido a lo largo de los siglos en los cristianos católicos. Discípulo en la facultad de teología de la Universidad de Berlín, de los grandes maestros luteranos de comienzos del siglo XX como von Harnack y Seeberg pronto abandonó su magisterio y su forma nacionalista de hacer teología para entregarse a la nueva teología dialéctica que iniciaba en aquellos momentos el mejor teólogo sin duda del siglo, el profesor Karl Barth, de origen suizo y que ocupó una cátedra en la universidad de Bonn. Pero si Bonhoeffer compartió las tesis barthianas de un Dios «totalmente otro» fue mucho más lejos en el abrazo de las realidades terrestres. Son conocidas sus afirmaciones de que antes de entrar en el estudio del Nuevo Testamento es preciso pasar por el Antiguo, es decir, es preciso pasar por lo humano, demasiado humano que nos muestran los hombres de la Biblia: sus accesos de cólera, sus pasiones desorbitadas a lo Shakespeare, aproximarse a los personajes de David, de Elías, de Jeremías, de Amós, de Judith. Bonhoeffer luchó contra una religión que pone a Dios en los límites, en la contingencia, en el dolor, en la muerte y exhortó a poner a Dios en la plenitud de la vida, en las horas felices, lo mismo que está puesta la iglesia en el medio del pueblo. El valor divino de lo humano, de lo secular fue, como dije, algo que nunca se cansó de repetir. Este mensaje caló hondo en nosotros los que habíamos sido equivocadamente educados en la peligrosidad de lo humano y de lo secular o por lo menos en la desconfianza hacia ellos. En este aspecto puede uno decir con verdad que el pastor y teólogo Bonhoeffer nos hizo también un beneficio enorme.

No sólo fue él la víctima de un régimen inhumano como pocos. Un hermano suyo y dos cuñados fueron también ejecutados. Bonhoeffer fue llevado a la cárcel por vez primera semanas después de su desposorio con María von Wedemeyer. Ella había perdido ya a su padre, militar de alta graduación, y a un hermano simple soldado ambos caídos en el frente. Su ausencia constituyó un motivo especial de sufrimiento en los días del cautiverio. Hoy podemos leer en edición bastante reciente las cartas que se cruzaron. Tras el traslado de Bonhoeffer a la cárcel de la Gestapo poco se pudo saber de él. Después se supo que había pasado por Buchenwald para dar por fin en el campo de exterminio de Flossenbürg, como dijimos. Aquí el médico del campo, tal como lo refirió años más tarde, vio en esa madrugada de abril al pastor Bonhoeffer hincado de rodillas, rezando fervorosamente en la celda de los condenados a muerte. Sabemos que no muchas hora antes había dicho a uno de los compañeros de cautiverio: «Es el final pero para mí es el comienzo de la vida». Serán sin duda muchos de los que leyeron sus cartas del cautiverio en aquellos años lo mismo que yo, los que le estén sinceramente agradecidos a este pastor y teólogo mártir que tanto bien nos hizo en aquellos años de plomo.



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