IRUN. DV. A pesar de que el día amaneció gris, la ausencia de lluvia permitió que cientos de niños, jóvenes y mayores pudiesen bendecir sus opillas en las parroquias de los diferentes barrios de Irun sin necesidad de abrir el paraguas. Otros prefirieron acercarse hasta la ermita de San Marcial o hasta la de Guadalupe hondarribiarra para cumplir con esta popular tradición.
La iglesia de Santa María del Juncal fue, sin duda, la que más gente congregó. Así lo indicaba la avalancha de personas que, quince minutos antes de las once, hora de comienzo del acto, se dirigía por la calle Escuelas a la parroquia. Entre la impaciencia de los que llevaban un rato aguardando el comienzo y el alboroto de las personas que iban llegando, el párroco Miguel Ezeizabarrena dio inicio al acto dando gracias «a Dios y a todas las madrinas por las opillas que nos han regalado. Luego podremos disfrutar de ellas, cada uno en su ambiente».
Después de pedir a todos los presentes, tanto en euskera como en castellano, que compartiesen el pan «en las casas con alegría, tal y como lo haría Jesús», Ezeizabarrena deseó que «la alegría de este día sea para todos, que siembre paz y que sirva para hacer amigos». Esta oportunidad llegaría, sin duda, por la tarde, cuando algunos, desafiando al tiempo, se acercaran a las diversas campas de la zona rural de Irun para comer la opilla.
Dentro y fuera de la iglesia
Dentro de la iglesia del Juncal, el alboroto de los niños hacía casi imposible escuchar las palabras que el párroco dirigía a los asistentes. El único momento en el que los más pequeños prestaron atención fue cuando pronunció la más esperada de las frases: «Le- vantad las opillas en alto», a lo que todos obedecieron, unos estirándose lo máximo posible y otros subiéndose a los bancos. Lo que fuese para que sus bizcochos recibiesen el agua bendita.
«¿Estamos muy lejos amona!», gritaba María, de 7 años, con miedo a que su opilla no quedase bendecida. Mientras tanto, su hermano de tres años, Imanol, portaba la suya como si de un balón se tratara. «Se la he regalado porque me hacía ilusión, a pesar de que él no es consciente de lo que ocurre. Antes de llegar a casa quedará hecha migas, mira cómo la lleva», se lamentaba Marta, su madrina.
Muchas personas aguardaban también fuera, en la plazoleta del Juncal, a que el párroco les dedicase unas palabras y procediese a la bendición de los postres que sujetaban entre sus manos. De nuevo, cientos de opillas se levantaron en alto para cumplir con el tradicional acto de bendición.
Ya sólo quedaba hincar el diente a tan delicioso bizcocho, sin poder cumplir completamente con la tradición, que cuenta que el día de San Marcos los baserritarras bendecían los campos para proteger las cosechas y se abastecían de comida para pasar el día fuera de casa. A diferencia de aquéllos, muchos pequeños y mayores tuvieron que pensar en un plan alternativo al de otros años para reunirse con los familiares y amigos y disfrutar juntos, pero al resguardo del tiempo, de un día que tiene como protagonista la opilla. «Durante muchos años hemos ido a San Marcial a pasar el día y a comer la opilla, pero ante el riesgo de que llueva hemos preferido reunirnos en la sociedad y celebrar allí este día», decía Rocío, la ama de Urko y Marta, de 5 y 6 años, que estaban «de casqueta por no poder subir al monte».
Para Ioritz y sus amigos, en cambio, el mal tiempo no era suficiente motivo para cambiar la costumbre de todos los años. «Siempre venimos en cuadrilla a bendecir la opilla y después subimos a Guadalupe. Este año subiremos también, porque para nosotros forma parte de la tradición y el tiempo no nos lo va a impedir».