Antena 3 sirvió el domingo noche, bajo la batuta de Teresa Viejo, un reportaje de El Mundo TV -cámara oculta, oscuridad y ruido- sobre un exorcismo. Pudimos ver las sesiones del exorcismo y después un debate. Como ejercicio informativo fue un trabajo problemático. Para abrir boca, el exorcista denunció que él no había dado permiso para que se le grabara, a lo cual el reportero replicó que eso era mentira. Feo asunto, porque las investigaciones con cámara oculta, para ser aceptables, deben ser inmunes a cualquier reproche moral. La cámara oculta es un instrumento válido, periodísticamente, cuando sirve para revelar materias que afectan al interés público y que no podrían haberse conocido de otra manera; eso justifica que se vulnere el derecho a la propia imagen.
Pero ¿qué interés público tiene un exorcismo, que es algo incomprensible fuera de la creencia religiosa personal? Tal y como se desarrolló el programa, el espectador iba viendo que el objetivo no era exactamente contar un exorcismo, sino más bien negar la presencia de realidades espirituales en este episodio, algo distinto a lo inicialmente anunciado.
En cuanto a la 'doctrina' del programa, el discurso de Teresa Viejo podía resumirse en los siguientes términos: no hay posesiones diabólicas, sino problemas psiquiátricos. Y el autor del reportaje fue taxativo: «Esto no es más que una cuidadísima puesta en escena». Y aquí entramos ya en un juego de mentiras sobre mentiras que a uno le deja estupefacto. ¿Hace el exorcista una «cuidadísima puesta en escena»? Y en ese caso, ¿qué otra cosa ha sido este programa sino, precisamente, una «cuidadísima puesta en escena»? Si la cualidad escénica es argumento de descalificación en un caso, lógicamente debe serlo también en el otro. Pero sobre todo: pretender negar una realidad espiritual en un reportaje de cámara oculta es como intentar demostrar la existencia de la Santísima Trinidad en un 'reality show'. Hay combinaciones imposibles, como el aceite y agua.