Domingo, 23 de abril de 2006
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OPINIÓN
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El botellón: fenómeno social
«Los jóvenes actuales están buscando nuevos valores existenciales, ya que los que nosotros recibimos de nuestros mayores y hemos intentado traspasarles están obsoletos y no les sirven para nada»
Hemos asistido no hace muchos días a lo que ha dado en llamarse macro-botellón, con incidencia en diversas ciudades con desigual intensidad. Las primeras reacciones por parte principalmente de autoridades municipales han sido, en general, de una represión casi histérica hacia los jóvenes que intervinieron. En estos momentos parece que las autoridades han respirado como diciendo que el tema está bajo control.

Hay que ser conscientes de que este tipo de manifestaciones encierran en general reivindicaciones, protestas, y también llamamientos a la sociedad adulta para que nos ocupemos de ellos.

Me estoy refiriendo a jóvenes que han llegado a la mayoría de edad hace poco tiempo o aún no han llegado a ella. Por ello lo primero que quiero destacar es que con el paso de un decenio, esta nueva generación (siempre hay alguna nueva generación) estará constituyendo la base estructural, social y económica del país; ello precisa que nos ocupemos de este, repito, fenómeno social semejante a otros muchos que ha habido en generaciones pasadas y al que hemos de atender si no queremos crear una nueva fractura social en el país.

Voy a utilizar una metáfora para tratar de explicar la perspectiva antropológica y social de este nuevo hecho. La metáfora, tan divulgada como incorrectamente utilizada por muchos locutores de los medios, es un tropo literario o un recurso retórico que, partiendo de un hecho conocido (en nuestro caso usaré el fútbol), trata de explicar otro desconocido o poco conocido (en nuestro caso el botellón) haciendo una translación de criterios conocidos a criterios a descubrir. Pues bien, estamos habituados a que los aficionados al fútbol se reúnan en los campos y estadios en cifras que pueden oscilar entre diez mil y cien mil personas; hay mucha gente que, cada semana, necesita ver como mínimo un partido de fútbol para pasar el resto de la semana hablando de él o de otros que con profusión se emiten principalmente en el medio televisivo con el consiguiente empobrecimiento de la personalidad. Estas reuniones no podrían calificarse de pacíficas si no fuera porque estamos habituados a ellas, pero los improperios, gritos de tribu urbana contra los jugadores del equipo adversario y en muchos casos contra los árbitros y su árbol genealógico son de antología. Casi nadie protesta por ello por el simple hecho de estar habituado, pero con cierta mirada crítica es fácil equiparar estos acontecimientos al «pan y circo» romano, habitual sobre todo en la decadencia del Imperio.

Algunos dirán que es una diversión legítima o incluso una descarga de agresividad, pero que lo hacen financiándolo con su propio dinero y sin cometer en general grandes destrozos. Ambas afirmaciones son falacias: los estadios y campos de fútbol han sido construidos en su casi totalidad con financiación a través de subvenciones de los entes locales (ayuntamientos y diputaciones) y de los gobiernos (autonómicos o nacionales), pero nos parece normal que se financien estas válvulas de seguridad del orden social. En cuanto a los destrozos no hay más que recordar cómo quedan ciertas partes de las ciudades cuando los llamados tifosi (extremistas) pasan por ellas antes y después de los partidos de fútbol. Hace muchos años observé con extrañeza la llegada a la estación de Franckfourt de un tren que llevaba a estos aficionados del campo de fútbol a la ciudad y que, como remate de sus hazañas, prendieron fuego al tren. Quiero aclarar que no estoy haciendo, o al menos no lo pretendo, una campaña contra el fútbol; simplemente trato de hacer una crítica en sentido popperiano, es decir, un análisis reflexivo. El hábito y la repetición constante nos hacen ciegos a esto que está ya pasando en muchos países y con el fin exclusivo de aclarar ideas y criterios respecto a los jóvenes del botellón.

La explicación de este fenómeno social habrá que buscarla no en una sola causa, sino en múltiples, pero voy a resaltar una de ellas. Los jóvenes actuales están buscando nuevos valores existenciales, ya que los que nosotros recibimos de nuestros mayores y hemos intentado traspasarles están obsoletos y no les sirven para nada. Hay que tener en cuenta que estos jóvenes, en general, están mucho mejor preparados que sus padres y, en cambio, desde un punto de vista exclusivamente material, vivirán peor que ellos. Esto de por sí ya es algo frustrante.

Entre los valores emergentes de estos jóvenes, destaca, a mi juicio, con diferencia, la solidaridad. Recordemos los miles de ellos que fueron a Galicia para tratar de paliar los efectos del Prestige, o bien los muchos de ellos que participan en actividades voluntarias o como cooperantes de muchas ONG. La solidaridad está estrechamente emparentada con la comunicación humana y, por lo regular, los jóvenes de este momento no tienen a su alcance muchas opciones de comunicarse. Una noche de fin de semana puede calcularse en cinco o seis consumiciones en pubs o locales por el estilo. Cada consumición viene a costar, por lo que he podido saber, seis o siete euros, lo que significa que está fuera del alcance de la mayoría de los jóvenes actuales. El fenómeno del botellón trata de reducir drásticamente el coste de esta diversión, no menos digna que los clásicos chiquiteos del País Vasco que estaban al alcance económico de las juventudes de hace algunos decenios y que fueron causa de un elevado nivel de alcoholismo. Incidiendo en el aspecto económico, el fenómeno del botellón es un llamamiento a la reducción de los niveles de distribución de ciertos productos, aún a costa de no obtener las condiciones de comodidad que ofrecen los establecimientos actuales; probablemente, pienso, desde mi modesta opinión de antropólogo, que este movimiento va a fomentar la aparición de nuevos centros de reuniones con menor confort, pero a precios mucho más asequibles. Quienes piensen que la finalidad única es emborracharse no tienen la percepción debida hacia los fenómenos sociales o simplemente son unos necios en este campo. Los jóvenes quieren estar en grupo, quieren hablar, quieren comunicarse, quieren bailar, etcétera, pero la borrachera puede calificarse como un mal colateral, que además siempre ha existido en nuestro país.

La finalidad de este artículo no es iniciar una polémica o debate en el que, al menos yo, vaya a participar; tengo demasiados años para ello y lo único que pretendo es dar un toque de atención a la clase política y no la del máximo nivel, sino principalmente a quienes realizan la acción política desde ayuntamientos y diputaciones, es decir, en el teatro de operaciones. Les sugiero que encomienden a sus departamentos de asuntos sociales que se ocupen de este tema o incluso lo adjudiquen a empresas de servicios de psicología social, sociología o antropología social para así tener una idea clara del estado de la cuestión y adelantarse a acontecimientos subsiguientes que nos puedan coger desprevenidos. Recordemos lo que ha pasado en Francia hace poco con los inmigrantes de tercera generación y hechos similares que se reproducirán si no se toman medidas radicales, que quiere decir ir a la raíz de los problemas para tratar de reconducirlos o encauzarlos. Y no olvidemos que tras todas estas manifestaciones está siempre agazapada la violencia y por ello no es solución dar la espalda a estas señales o «gritos» que la sociedad juvenil está dando a los mayores.

Tampoco hay que echarse las manos a la cabeza y asustarse por lo que este hecho pueda significar como conflicto, pues el conflicto ha sido históricamente el motor del progreso.



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