SAN SEBASTIÁN. DV. Siguen siendo una minoría, pero cada vez son más los guipuzcoanos que se animan a aprender idiomas menos convencionales. Bien por motivos laborales, por simple curiosidad o por acercarse a nuevas culturas, las clases de ruso, chino o árabe están cada vez más llenas. Ya no basta, o la gente no se conforma, con saber sólo inglés.
PETER ROBERTS
Estudiante de ruso
«No vienes por obligación, sino porque quieres»
Ruso, alemán, español y francés. Estos fueron los idiomas que le dieron a elegir a Peter Roberts, afincado en Donostia desde 1975, cuando de joven estudiaba en un colegio de Edimburgo. Le apetecía aprender ruso, «pero por aquello del comunismo y otras cosas era como un tabú». Así que optó por el francés y se le quedó la espinita clavada con la lengua de Dostoievski. Pasaron los años, aprendió otros idiomas -se defiende con el griego-, y el encuentro con una cuidadora de personas mayores ucraniana le volvió a activar las ganas de aprender ruso. Una dura y larga convalecencia tras un accidente de tráfico en 2000 que puso en peligro su carrera de actor y mimo y que coincidió con el ingreso de un familiar por abuso de alcohol propiciaron el empujón final. «Estaba muy sensibilizado con el tema y así surgió Mimarte, una obra dirigida a los jóvenes sobre los riesgos del consumo inapropiado de alcohol», cuenta. La Fundación Alexander Pushkin se ha interesado por este proyecto, así que es posible que viaje al país de los zares.
Y ante esta perspectiva, el intérprete escocés se puso a aprender ruso por su cuenta. Libros, cintas, cedés... fueron sus profesores durante su etapa autodidacta. Y al final, decidió ordenar lo aprendido. Es así cómo en septiembre del año pasado acabó en Serlang, una academia con sede en Donostia donde profesores nativos titulados enseñan varios idiomas. Allí le esperaba Galia Novikova, que hace 16 años cambió el Leningrado donde nació por Donostia. Desde entonces, siempre que puede vuelve a su ciudad natal, llamada ahora San Petesburgo. «¿Es que las cosas han cambiado mucho! Antes era URSS y ahora es Rusia».
Novikova asegura que cada curso es distinto y las motivaciones de los estudiantes, entre los que ha tenido desde chavales que sueñan con viajes espaciales a jubilados de edad provecta, muy variadas. Pero todos tienen un denominador común: «No vienen por obligación ni para aprobar un examen, sino porque quieren». Lo cual facilita bastante el aprendizaje de un idioma «con mucho futuro, que hablan 150 millones de personas». De sus alumnos, cita a padres que acogen a niños de Chernobil en verano, a parejas que han adoptado a bebés rusos -también da clases a los niños para que mantengan el idioma-, o a un chico con novia rusa.
Para Novikova, licenciada en Filología, el ruso no es un idioma difícil. Aunque para Peter Roberts presenta sus complicaciones, «porque tiene algunos sonidos que no conozco y por el alfabeto». El cirílico consta de 33 letras y vuelve locos a los turistas que visitan Rusia. «Por eso recomiendo tomar cuatro o cinco clases antes de ir. Así se aprende a entender, por lo menos, las señales».
Galia, que actualmente tiene 15 alumnos, procura que este aprendizaje sea lo más ameno posible, «entiendo que la gente viene cansada después de trabajar», así que también instruye a sus alumnos sobre aspectos como el arte, el cine y, por supuesto, el teatro de su país natal. Los estudiantes no dudan en convertirse en actores -incluso guionistas- y ponerse a las órdenes de su profesora, que ha conseguido tal implicación que hasta han realizado ensayos generales los domingos por la tarde. «¿Con el sacrificio que supone!».
LEIRE Y ELENA
Aprenden chino
«Hace falta mucha memoria para retener los caracteres chinos»
Se llama Xiahoan, nació en Pekín hace 24 años, estudió Filología Española en la Universidad de Economía y Comercio Internacional de su ciudad natal y dice que la Real Sociedad no es la misma desde que se fue Karpin. «Al equipo le falta espíritu». Se ve que la joven china se ha integrado bien en Donostia, a donde llegó en 2004 de forma bastante accidental - «en realidad quería estudiar alemán e irme a Alemania»- para hacer un máster en eurocultura en la Universidad de Deusto. Y cuando lo finalizó, surgió la posibilidad de dar clases, un oficio en el que ya tenía experiencia: «En Pekín enseñaba chino a europeos, norteamericanos...».
En la coqueta Academia Elduaien enseña a unos 25 alumnos, entre los que hay desde una niña china adoptada de 7 años, «a otro de 10 que viene porque le gusta el chino», hasta adultos que lo hacen impulsados por conocer una nueva cultura y por curiosidad. Eso sí, el grueso de sus alumnos tiene motivaciones de tipo laboral.
El idioma mandarín, oficial en un país con 1.300 habitantes y un crecimiento económico anual del 10%, tiene un gran futuro. Y las nuevas generaciones se están dando cuenta de la pujanza del gigante asiático.
Es el caso de Elena Chinchurreta, donostiarra de 17 años, alumna de Marianistas y también de Xiahoan. Tiene pensado estudiar Empresariales y considera que el chino no le vendrá nada mal. La hondarribiarra Leire Sunsundegui, de 16 años, opina lo mismo. Y las dos han tenido que oír los mismos comentarios: «Que si estás loca para estudiar chino, que no sirve de nada porque allí todos hablan inglés...».
Estas jóvenes comparten clase y ya proyectan visitar juntas el país y la cultura que están conociendo gracias a Xiahoan. «Son más tranquilos, sólo pueden tener un hijo, a menos que paguen para tener más, respetan mucho a las personas mayores y no les gusta nada ponerse morenos», resumen con gracia las jóvenes.
¿Y el idioma? Las dos reconocen que «no es fácil». De entrada, es «muy diferente», debido a los caracteres. Si nuestro alfabeto tiene 28 letras, en el chino ronda los 10.000. Pero no hay que dejarse asustar por la cifra, ya que con unos 3.000 uno se puede defender sin ningún problema. «Hace falta mucha memoria visual para retenerlos. De una semana a otra, si no haces ningún repaso, se te olvidan», explica Elena. Y es que la grafía es uno de los principales escollos de este idioma. El esfuerzo es tal, que para algunos alumnos cada carácter es una obra de arte. Leire tiene más atravesados la pronunciación y los tonos: «Es que tienen cuatro en cada sílaba. Matizan tanto que cuesta distinguir». En lo que no hay duda es en que la gramática es la parte más sencilla. «Es que no hay declinaciones, ni tiempos verbales...», explica la profesora. Y dicen que la estructura del mandarín es similar a la del español. «En un curso se aprenden cosas», cuentan. Vamos, que a estas jóvenes el chino ya nos les suena «a chino».
MAITE PRIETO
Estudiante de árabe
«La gente estudia árabe para conocer otra cultura»
Ocurrió el mismo día del atentado de Lúxor en el que 58 turistas fueron masacrados en el templo de Hatshepsut. Aquel terrible 17 de noviembre de 1997 la irunesa Karmele y otros viajeros vascos perdieron un avión. Tuvieron que pasar la noche en El Cairo y no se resignaron a quedarse en el hotel. Contactaron con un guía, Amhro Ibrahim, que les llevó al popular zoco de Jan al-Jalili. «Éramos el único grupo de turistas y la Policía nos llamó la atención», recuerdan Amhro y Karmele, que desde hace seis años viven en Irun. Aquellos trágicos días Maite Prieto estaba también en Egipto. Era uno de los primeros viajes al país de los faraones de esta beratarra. «Desde entonces, vuelvo tres o cuatro veces cada año. Tengo una amiga que por problemas de salud pasa largas temporadas allí y suelo ir a visitarla».
Y así, entre visita y visita, Maite comenzó a chapurrear algo de árabe. «También hice un curso en el Instituto Cervantes de El Cairo, pero sólo de un par de semanas». Cuando un familiar le informó de que había visto un cartel que anunciaba que se podía aprender árabe en Irun no se lo pensó. Desde noviembre Amhro es su profesor particular. Le enseña árabe clásico. «Hay diferencias de un país a otro. En Egipto, en Marruecos o en Argelia no se habla de la misma forma», dicen.
De entrada, Amhro reconoce que hay que pensárselo dos veces antes de dar el paso para aprender árabe. «No es fácil, pero tampoco difícil como para asustar». El quid está en cogerlo con ganas, «porque no tiene nada que ver con los idiomas que conocemos». Maite enumera algunas diferencias: «En primer lugar, el alfabeto es diferente. Ya partes de esa base. Los sonidos son muy distintos; ellos distinguen algunos que a nosotros nos parecen iguales». Por ejemplo, pronuncian dos sonidos distintos de la 's' y de la 'd', uno más suave y otro más fuerte. «Nosotros pensamos en sílabas, pero ellos no. Y, además, las oportunidades para practicarlo son más reducidas», continúa Maite. Amhro estima que 3 ó 4 meses son suficientes para que los alumnos sean capaces de escribir su nombre y decir 'soy fulanito'. «Lo difícil es empezar. Pero una vez que asimilas el alfabeto y se te mete en la cabeza que se trata de otro idioma, es más fácil».
El profesor egipcio, que tiene varias clases, ha apreciado un mayor interés por el árabe en los últimos años: «Hay quien lo aprende por motivos laborales, pero la mayoría de mis alumnos quiere conocer la cultura árabe. Mis clases se centran en el aprendizaje del idioma, pero es habitual que los alumnos me pregunten, por ejemplo, por las tradiciones de mi país».
Así y todo, considera que en general «hay mucho desconocimiento sobre nuestra cultura. A todos nos meten en el mismo saco», lamenta Amhro, que está en contacto con la Escuela Oficial de Idiomas de Irun para incorporar el árabe a su oferta a partir del próximo curso.