La palabra que más va ocupando sitio en mis obsesiones, es EXILIO, y sé bien por qué. Sí, esa misma que hasta tiene una X, como el México que le gustaba a don Ramón María, Señor de los ideales pazos del marquesado de Bradomín. Sí, EXILIO, palabra cuya longanimidad me promete tantas malaventuras en su decurso, ha sido mi elegida de entre todas las que, por una u otra razón, por sonoridad y música, por grafía e imagen, por significante o significado, por belleza o por aristocracia, por sugerencia, por incitación, por pecaminosidad, por osadía, por terneza, por amplitud de abrazo, por cosmopolitismo, por corrección, por desenfado, por retruécano, hasta por blasfemia, aspiran a ostentar el título de la más bonita y pasean ahora su garbo y sal por la pasarela de la fama, que a alguien se le ha ocurrido poner en liza a todas las muchísimas que se entretienen a la espera en el Diccionario de la Lengua Castellana, que iría yo a creer que es la Española por antonomasia a pesar de que me sepa de memoria el verso Aresti-Meabe amparador de otras lenguas peninsulares que avisa que 'Cierra los ojos muy suave,/ Meabe,/ pestaña contra pestaña:/ Solo es español quien sabe,/ Meabe,/ las cuatro lenguas de España', y que, sin que me importe mucho en qué censo o padrón me coloque o qué dificultades me provoque mi marginación de su dictado, no va a ser posible que aunque sea con obligatoriedades casi dictatoriales como está ocurriendo en algunas zonas y que barrunto que pronto será epidemia, me haga emprender el aprendizaje de las dos que me faltan para llegar a esa tetralogía lingüística. Añado a esa automarginación de procedencia rebelde, una otra emanación de la gramática sociológica que nos muestra la ardua encrucijada de los pronombres, que es que, cuando algunos dicen nosotros se está señalando automáticamente a esos que sois vosotros, un desgarro en la convivencia, sin duda, una discriminación intolerable que, paradójicamente, resulta ser un querido antagonismo para otros, como lo siente, más que sabe, cualquier militante nacionalista.
La más bonita. Y me meto en el berenjenal de las lenguas, lugar de arenas movedizas siempre, en este tiempo en el que se ha dado en elegir una sola palabra de entre las muchísimas que en el antedicho Diccionario se han acuñado. Una sola palabra como la más bonita, como si eso fuera posible. Es decir, elegir una sola como la más sustancial, la más estética, la más subyugante, algo como misión imposible, ya se sabe, pero que, de cualquier manera, no es mal ejercicio que, en primer lugar, nos hace ir al plúteo como se debe ir siempre cuando no se sabe algo (y aun sabiéndolo tantas veces), coger los volúmenes del Diccionario con la mayor unción posible pero también con la mayor confianza, e ir pasando páginas iluminadas por luciérnagas de letras, pararnos no se sabe cuántas veces antes de llegar a la precisa que es la aventura del navegante descubridor a quien se le están reservados tantos gozos y alegrías, palabras que pueden venir volando de no se sabe qué espacios semánticos, tildes de acentos colocados como capelos cardenalicios o boinas rurales, esdrújulas rimbombantes y fanfarronas, oropéndolas, nenúfares, sílfides, etcétera, con todo lo cual se corre el peligro de lo cursi superferolítico aunque sean como regüeldo de palabras que nos afloran a flor de laringe, que habría que adentrarse en esas encuestas que se hacen a pie de calle y hay un vaivén de marea de masas entre el sonido y el significado, que los duros de oído prefieren irse por lo último y los fónicos por lo primero, palabras mecidas al viento de la actualidad dominando el momento.
El 'yo' supremo. En realidad, esa frenética búsqueda que se ha emprendido o se va a emprender por entre los laberintos del Diccionario, puede ser que adolezca de falta de penetración psicológica, que ya hace mucho tiempo que Augusto Roa Bastos (Paraguay, 1918), dio con el quid de la Dictadura, que es pronominal en primera persona, Yo, el Supremo, que era como formular, en breve enunciado, desde el título, la ecuación de esa elipse nada compleja y la solución al problema existencial, ya que, sin duda alguna, la palabra más amada que conocemos, es, en nuestra interioridad al menos, el pronombre yo. Y es que, cada uno, a tono con nuestra problemática personal, tenemos palabras que nos obsesionan, o nos seducen, o nos distraen, o nos subyugan, que se pudiera decir, y hablando en plan universal que, cuando estamos hablando del yo, hay en ese pronombre escueto y tan breve algo que supera a toda otra palabra en el concierto humano, que lo dejaba claro Benavente, don Jacinto, de qué fenómeno se trataba, en un poema que clausuraba el mitin de la Humanidad en donde «millones de hombres gritan lo mismo: yo, yo, yo, yo, yo yo», y terminaba con el dudoso apóstrofe consolador de que sólo los que aman saben decir ¿Tú!, una concesión no sé si eugénica o eufónica o eufemista del Nobel madrileño a ese singularísimo fenómeno de tan inquietantes aristas como resulta ser también el amor en ciertas ocasiones.
Exilio. Pudiera hacerse un recuento, un repaso, un reguero entre oficio y herramienta, oficio de perdernos por los laberintos de la vida y herramientas para nuestra caución más urgente de cómo llamar a lo que nos sucede, herramientas que nos pueden encallecer la mano o la mente según cómo pero que son escarpias de palabras que las designan, que un pietista puede hablarnos de la oración y del cilicio, un deportista de los azogues que en su cuerpo provocan sus impulsos, un lector de las manchas de pata de mosca de las que se han ido llenando las páginas de los libros que lee, etc., etc., pero en el fondo de nuestra intimidad guardamos una especialísima dimensión para ese problema que nos oprime ya o se nos aproxima para oprimirnos, que acaso sea ésta de prever el futuro, entre algún que otro privilegiado don, el que mejor sabe redondearnos y dar expresión a esa vaga sensación de peligro que se acerca, y que, en este caso, con el panorama que me parece que se presenta, puede remitirme a una vaga premonición de algún régimen de gobierno insoportable que veo acercarse en ya cercana lontananza, una situación que me lleva a contemplar con ojos golosos los escaparates de los comercios especializados en artículos de viaje, una aproximación aún más inapelable todavía a las agencias de viaje y a las inmobiliarias con el objeto de hallar nido ajeno para cuando ya estoy viendo en peligro el mío propio, que es por eso que, aunque entiendo que sea algo triste después de haber pasado ochenta años en un querido aunque maldito país, la palabra que mejor va sintonizando con mi estado de ánimo, y me apremia casi con urgencia de llamada, sea la de EXILIO, aunque quede aún el casi insoluble albur de dónde poder encontrar esa estación deseada.