Eusko Alkartasuna cumple 20 años el próximo otoño. Y lo hace en busca del espacio político que pretende desde que se fundó de la mano de Carlos Garaikoetxea tras una traumática escisión. Su aspiración sigue siendo la de modernizar el nacionalismo vasco y convertirse en una alternativa socialdemócrata abertzale, que reivindica con claridad su ideario «independentista, pacifista y radicalmente democrático». Un compromiso que hunde sus raíces en 1930, cuando se constituyó Acción Nacionalista Vasca, un partido republicano y liberal, aconfesional y que fue acercando con los años sus tesis a las de otros partidos socialistas europeos. El proyecto de EA pretendería trasladar al ámbito de la política lo que supone el sindicalismo de ELA en el plano socioeconómico.
A los 20 años de su constitución EA se encuentra en una encrucijada. En la coyuntura del final de la violencia adquiere mayor relevancia el debate sobre las alianzas y sobre las ventajas o desventajas de su coalición con el PNV. No es un secreto desvelar que gran parte de la dirección de EA considera ya agotada la fórmula de la coalición electoral con el PNV. Pero el debate no está zanjado. La Ejecutiva Nacional de EA sabe que es una discusión sensible sobre la articulación del centro-izquierda abertzale. El sector crítico del partido, mayoritario en Gipuzkoa, apuesta por una alianza de carácter permanente con los jeltzales y aboga por un nacionalismo más «realista y permeable a la sociedad» si se quiere mantener la influencia política e institucional. La corriente oficial cree, sin embargo, que el pacto con el PNV debilita las señas de identidad propias, además de dejar un espacio a sus rivales, el de la socialdemocracia abertzale.
El alto el fuego permanente ha colocado sobre el escaparate el debate sobre la legalización pendiente de Batasuna. Esta formación quiere competir en la arena de las elecciones forales y municipales mediante la derogación de la Ley de Partidos. Pero el entorno radical se enfrenta también a un antiguo debate que plasma las dos almas tradicionales, el abertzalismo y la izquierda, que la persistencia del «conflicto» ha eclipsado en los últimos años, pero que a lo largo de la historia ha sido el origen de diversas escisiones en el mundo de ETA. Por un lado se mantiene una apuesta por la unidad de acción abertzale en defensa del reconocimiento del derecho de autodeterminación. Pero, a la vez, emergen voces a favor de tender puentes desde el independentismo hacia otras formaciones de izquierda, con el objetivo de desplazar al PNV de la 'centralidad' política y del eje de las posibles alianzas. La dirección de la izquierda abertzale se muestra cada vez más crítica con lo que entiende como ambigüedad calculada del mensaje soberanista y apuesta por un polo independentista «sin medias tintas» para que «el conflicto» deje de ser explotado como una baza política.