Estos días me está viniendo a la cabeza la Semana Santa que yo conocí y viví de pequeña. Cada cual era cada cual, pero esos días, eran muy especiales, y en el pueblo, todos vivíamos con mucha intensidad la tragedia de la muerte de Cristo a manos de los hombres. Había un espacio para el dolor, para el silencio y la reflexión. ¿Y por qué no decirlo? Para la oración. Ahora, las cosas han cambiado un poco y todos disfrutamos de avances y bienestar. Pero... pienso que aun con todo, hoy estamos más vacíos por dentro. Echo de menos un espacio para la espiritualidad en los días de Semana Santa. No voy a decir que los medios de comunicación no lo facilitan, porque hay algunos que sí lo hacen y muchas personas -más de las que parece- se lo agradecemos. Lo que parece claro es que si uno quiere vivir una semana santa cristiana, se lo tendrá que proponer con empeño, porque no le será fácil. Desanima bastante, llegar a una iglesia a rezar y verla vacía. Por el contrario, anima mucho ver a gente rezando en los bancos de al lado. (Esa experiencia es la que me ha «tocado» por dentro hace unas semanas: entré en la parroquia con rutina y me impactó ver rezar a una chica de unos 20 años. Cosas como esas, nos refuerzan el espíritu.) Con esta carta, no sólo quiero compartir mi nostalgia, ni quedarme en ella. A todos los que, como yo, sientan ese «vacío» esta Semana Santa, les recomiendo llenarlo con un poco de meditación, que tan saludable es para el alma y para el cuerpo. Y si eso contribuye a dar un tono más cristiano a estos días «santos», me alegraré de haber puesto mi granito de arena.