Viernes, 14 de abril de 2006
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CRÍTICA DE TV
Copa
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Algún estudiante de Periodismo (o de Comunicación, o como se llame ahora) debería investigar quién fue el primero en acuñar la fórmula aquella de «un partido bronco y copero», muletilla que desde hace años acompaña a la crónica deportiva cuando de la Copa del Rey (antes, del Generalísimo) se trata. Este torneo, como es sabido, ha sido uno de los clásicos del fútbol español hasta que la promiscuidad europea se adueñó de nuestros clubes: tenemos ahora tantos equipos con líos en Europa que nuestra tradicional Copa, esa vieja señora castiza, se ha quedado más sola que la una. Incluso hubo un momento -hace cuatro, cinco años- en que se habló abiertamente de suprimir este torneo.

Bien es cierto que en las últimas temporadas se ha asistido a una cierta revaloración copera. Ocurre que, después de todo, los que van a Europa son siempre los mismos, o sea unos pocos, y la gran mayoría de los clubes españoles se queda sin trofeo que rascar. En ese sentido, la Copa ha venido a ser la única posibilidad para que los pobres, los eternos segundones del fútbol, puedan mantener la ilusión de sus aficionados.

Eso, naturalmente, no puede conseguirse si no se crea en torno a la Copa la consiguiente expectación, y aquí es donde la televisión, que en todo ha de echar su cuarto a espadas, tiene algo que decir. Como la Pública ya no está ni para documentales, son las privadas las que han cogido la trompeta. Y ahí se presentaba Telecinco, el miércoles, para contar al público la gran final: Zaragoza-Español, dos clásicos y meritísimos secundarios de nuestro fútbol que ofrecieron un espectáculo excelente, con muchos goles y emoción. Que quizás el partido no tuvo florituras, cierto, pero ahí está el adagio tradicional: fue un partido bronco y copero.

El trabajo de Telecinco, con Antonio Lobato a la cabeza, también tuvo algo de bronco y copero. Fue una transmisión muy animada, vibrante, vehemente. Incluso demasiado vibrante y vehemente: al cuarto de hora ya no había quien soportara el griterío. Por una parte, algo extraño pasaba con los altavoces de ambiente: era como si tuviera uno a veinte mil hinchas eufóricos sobre la alfombra del salón. Por otra, los locutores de Telecinco estaban subidos de decibelios, quizá por la costumbre de la Fórmula 1. El caso es que, entre unas cosas y otras, el fragor se hacía insostenible. No sé usted, pero yo vi setenta minutos de partido con el volumen de la tele al mínimo. Algo importante, eso sí, hay que encomiar a los locutores de la cadena: cogieron como eje temático la deportividad y el juego limpio, y no dejaron de desarrollar el argumento hasta el final del encuentro. Los dos equipos en liza también lo hicieron. O sea que copero, sí, pero bronco, sólo lo justo. Muy bonito espectáculo.



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