Miércoles, 12 de abril de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
PRIMERA COSTERA DEL AÑO
La ruta del verdel
Diario de a bordo de un barco de bajura guipuzcoano, en una jornada de pesca de verdel
La ruta del verdel
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LOS DATOS
El barco: Ozentzio, 21,30 metros de eslora y 54 GT de peso. 5 tripulantes.

La ruta: 96 millas desde el muelle de Donostia hasta el Bajo San Juan de Ambojo, un caladero de Santander (43º 30. 81N). Diez horas de singladura.

Capturas: 4.300 kilos de verdel descargados en el puerto de Santander a 0,31 euros el kilo.

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SAN SEBASTIÁN. DV. La campaña del verdel retrata la sacrificada forma de vida de miles de arrantzales que trabajan durante extenuantes e interminables jornadas contra las duras condiciones de la mar. Embarcamos en el Ozentzio, buque de bajura guipuzcoano, en el que vivimos el transcurso de una jornada de pesca.



21.00. Los marineros llegan todavía cansados, tras sólo cuatro horas de asueto en tierra, antes de embarcar. Una vez todos a bordo, el Ozentzio suelta amarras. Partimos desde el muelle donostiarra rumbo a Santander, donde la flota de bajura del Cantábrico ha obtenido buenas capturas durante las horas previas. La infructuosa jornada anterior en aguas cercanas a Donostia, obliga a una ruta nocturna de unas diez horas para poder amanecer en la costa cántabra y probar suerte. Las primeras tres horas el patrón dirige la nave, pero avisa al sotapatrón de que «habrá que hacer turnos. Ya aguanto hasta las doce, pero luego a ver si descanso un poco». Acordado el relevo, los marineros se refugian en los catres para descansar lo máximo posible.



23.00. Nos adentramos en una pequeña borrasca que viene del noroeste y ralentiza la marcha del barco. Navegamos a 9.3 millas por hora, forzando al máximo las revoluciones de un motor que alcanza las 10,6 como tope. El viento transversal sacude a rachas junto al oleaje, y el balanceo del buque comienza a ser ostensible.



00.15. Los bandazos en la bodega de popa son menores. Los marineros descansan encajonados en pequeñas literas de madera, arropados en mantas viejas y envueltos en el ensordecedor repiqueteo del motor que vibra a lo largo de todo el casco. Se sienten nítidas la olas que rompen en las bandas y el agua que entra y sale por cubierta, pero el agotamiento de los días de trabajo anteriores abate de sueño a la tripulación en pocos minutos.



06.30. El molesto ruido del despertador activa un hilo de realidad entre la vigilia y la somnolencia. Poco a poco se desperezan músculos entumecidos y articulaciones doloridas. Todavía con los ojos cerrados, los marineros buscan puntos de apoyo en el balanceo del barco. El hedor de ropas humedecidas en sudor y sangre de pescado dura hasta la primera dosis de nicotina, café o refresco, que atrofia el olfato y les devuelve a la realidad.

Acostumbrados al vaivén de la nave, todos ocupan las paredes o los asientos de la cocina como puntos de anclaje. El desánimo es común y nadie abre la boca por solidaridad. Bastante hay con uno mismo, y las primeras tareas del día se realizan entre el automatismo y el cansancio. «Pasa» o «toma» son los lánguidos y únicos intercambios verbales mientras las noticias de la tele hacen de banda sonora. Comienza el trabajo.

Continuamos rumbo noroeste mientras los arrantzales apuran las últimas caladas y van pertrechándose de todo de tipo de ropa que mitigue el gélido viento matutino. A las órdenes del patrón, los marineros comienzan sendos peregrinajes por cubierta para ocupar posiciones y preparar los aparejos. Como almas en pena zigzaguean somnolientos hasta su puesto donde comienzan a instalar las carcasas de las maquinillas hidráulicas, todavía de noche. Accidentalmente, se activa una de las máquinas y enreda varios aparejos. El patrón se lleva las manos a la cabeza mientras llama a todos los tripulantes para arreglarlo.



07.15. Desesperado, el capitán vuelve al puente, centro de mando donde se encuentran todos los aparatos de posición y comunicación. Otro mundo. Aquí controla el timón, el radar, el sónar, el GPS, los partes meteorológicos, y toda comunicación que alerte sobre pescado por la zona. Una especie de centralita de batalla, donde se buscan los bancos de pesca. Los barcos navegan en cuadrillas y se alertan entre ellos sobre las mejores posiciones.



07.30. Comienza la acción. Un aviso en la radio nos orienta rumbo suroeste, hacia un banco de verdel del que están dando cuenta varias embarcaciones. El patrón sale enérgicamente del puente para avisar a los marineros que descansan en la cocina. Otra vez a sus puestos. Apuran las últimas caladas y se apostan en los aparejos. Tras cinco minutos de espera el Ozentzio desacelera paulatinamente. El sónar alerta de una mancha cercana y desde el puente se oye un «¿¿Erria!!». Chapotean los plomos en el agua, y bajan los aparejos a poca profundidad, a unas cinco brazas, donde pululan los verdeles según la lectura del sónar.

«Pea» avisa uno de los marineros. Sube la adrenalina. Las primeras izadas traen consigo txortas o ristras de una docena de verdeles entre los más experimentados y una media docena en los que han empezado en esto hace no mucho. Comienza un espectáculo impactante. Decenas de verdeles vivos coletean eléctricamente en la cubierta. Es el sonido de una pesca abundante. Mientras haya pescado no hay un segundo que perder.



08.20. Tras cincuenta minutos intensos, baja la cadencia de los coletazos que dan los peces en la madera, y las últimas tres izadas traen sólo dos piezas en uno de los puestos de babor. El patrón ordena subir todos los aparejos y accede al puente ágilmente para buscar nuevas manchas de pescado. Una vez arriba, observa con los catalejos el ritmo de capturas de los barcos más cercanos y controla de reojo el sónar. Un minuto después elige un nuevo destino para el próximo saio o moara (intento). En este lapso, los arran-tzales llenan las cajas y si les queda un momento se encienden un cigarrillo como tentempié. Minutos después, dibujamos un semicírculo con la estela de popa y se ordena echar un aparejo de prueba. Si trae pesca, sueltan todos los demás.



15.00. Llevamos seis horas ininterrumpidas de pesca. No hay descansos. Varios trabos (enredos) dejan fuera de servicio tres aparejos, aminorando la buena marcha de capturas. Rápidamente se reparan o reponen los dañados y están listos para faenar de nuevo.

La mar se calma y a lo lejos el cielo se aclara, dejando ver las cumbres nevadas de Picos de Europa. Los plácidos rayos del sol y el bajón en las capturas adormecen a los marineros. Visto el panorama, el patrón decide ir a puerto y vender el pescado cuanto antes, ya que días atrás «se saturó la venta de Santander, y muchas toneladas de verdel no tuvieron comprador. Normalmente solemos estar hasta las cinco o las seis pescando, pero hoy no me voy a arriesgar».



16.00. Rumbo a puerto, los marineros se reúnen en la cocina del barco. Aliviados, se tumban, intercambian alguna broma y comienzan a preparar la comida. Dos pollos y tres pescadillas. El menú para todos es especial, ya que dos de ellos son musulmanes y no pueden comer cerdo. Según cuentan, se arreglan bien, incluso en época de Ramadán, en la que no pueden ingerir nada sólido antes del anochecer.

Mientras dejan la cazuela de pollos a fuego lento, el Ozentzio atraca en el puerto y todas las cajas apiladas en el barco tienen que ser descargadas. Restan dos horas de esfuerzo a pleno sol antes de terminar la jornada.



18.35. Cuatro toneladas a 0,31 euros el kilo. Hora de comer y descansar para poder acometer otro nuevo día en la mar.



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