Miércoles, 12 de abril de 2006
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POLÍTICA
ATENTADOS DEL 11-M
Inspirados por Bin Laden
El juez cree que los atentados fueron alentados por jefes de la franquicia europea de Al-Qaida en venganza por la implicación de España en la guerra de Irak.
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MADRID. La matanza del 11-M, el mayor atentado terrorista en la historia europea, fue diseñada y cometida por un comando formado por islamistas radicales que residían desde hace años en España y que juntaron sus fuerzas al efecto. El procesamiento dictado ayer por el juez Juan del Olmo concluye que los terroristas que asesinaron a 191 viajeros e hirieron a más de 1.700 no eran miembros orgánicos de la red Al-Qaida, pero actuaron ante la orden mundial lanzada por Osama Bin Laden, que animó a atentar en todos los países occidentales que apoyaban la invasión estadounidense de Irak, con especial hincapié en España, Gran Bretaña, Polonia e Italia.
El juez no encuentra una siglas concretas a las que atribuir la masacre en los cuatro trenes de cercanías, pero sí deja claro que los miembros del comando terrorista seguían las enseñanzas del salafismo y de los clérigos de su corriente más radical, la Takfir wal Hijra (Excomunión y exilio), que animan a asesinar a los «infieles» allí donde quiera que estén y prometen a los ‘mártires’ el paraíso.
Las otras siglas que mayor protagonismo tuvieron en los atentados son las del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), la mayor organización terrorista salafista de Europa y el Magreb y la principal franquicia de Al-Qaida en la zona. Del Olmo destaca que buena parte de los componentes del comando eran miembros o simpatizantes del GICM y que tres de los principales jefes europeos de esta organización –Hassan El Haski, Mohamed el Egipcio y Yussef Belhadj– están procesados por haber aprobado los planes del grupo y haber alentado a los terroristas a ejecutar la matanza.
Una de sus fuentes de inspiración procedía de internet. El auto del juez recoge varios informes amenazantes de la página web ‘Global Islamic Media’ relativos a España con anterioridad a los atentados del 11-M, en los que se califica al ex presidente José María Aznar y al primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, de «apéndices europeos» del Gobierno de Estados Unidos y Gran Bretaña, denominados como «los dos países de la infidelidad y la agresión».
‘Esperanzas y riesgos’
La página islamista colgó un documento denominado El Irak del Yihad, Esperanzas y Riesgos, en el que se señala que «las esperanzas» en el despertar islámico de la zona y del mundo islámico «no deben ocultarnos la dificultad del trayecto y la abundancia de los obstáculos. Pues esta batalla la libran todos los países infieles de Occidente, a cuya cabeza se encuentran los dos países de la infidelidad y la agresión; Estados Unidos y Gran Bretaña y sus apéndices europeos, como Aznar y Berlusconi, y con ellos Israel y sus servicios de inteligencia».
En este documento se recogen también «las condiciones para la victoria de las fuerzas estadounidenses». Así, detalla que «los países más importantes que participan con EE UU y Gran Bretaña son Italia (más de 2.000 soldados), España (unos 1.300), las unidades latinas que dependen de ésta (unos 1.000)».
Influido por este tipo de ideas, el comando terrorista que cometió los atentados de Madrid, liderado por Serhane Ben Abdelmajib Fakhet, el Tunecino, se formó a lo largo de 2003 a partir de al menos cuatro células islamistas diferentes, buena parte de cuyos adeptos procedían de la red de reclutamiento de mujahidines que en la década de los noventa montó Abu Dahdah, el líder de la desmantelada célula española de Al-Qaida, condenado en 2005 por la Audiencia Nacional.
Serhane Ben Abdelmajib Fakhet, un radical relacionado con todos los núcleos salafistas madrileños, fue el ‘pegamento’ que unió al grupo creado a finales de 2002 en Madrid por Mustafá Maymouni –uno de los autores de la matanza de Casablanca– con el colectivo que radicalizó Mohamed el Egipcio durante su residencia en España (2002 y 2003), así como con el grupo de Lavapiés dirigido por uno de los presuntos autores materiales del atentado, Jamal Zougam, y con un grupo de delincuentes comunes muy radicalizados encabezado por Jamal Ahmidan, el Chino, que terminó por ser la mano derecha de el Tunecino en la preparación de la matanza.
La confluencia se produjo de forma paulatina a lo largo de la primavera de 2003, a la sombra de la indignación por la guerra de Irak, y se consolidó en el verano, cuando los principales miembros del comando mantuvieron numerosas reuniones de adoctrinamiento, muchas de ellas en Navalcarnero (Madrid). En los últimos meses del año, la decisión de atentar se había tomado y comenzaron los preparativos.
Si el Tunecino y otros miembros veteranos se convirtieron en los líderes ideológicos de la célula, el Chino y su grupo de delincuentes fueron los que aportaron la infraestructura y los medios para poder volar los trenes. Ahmidan, gracias a robos y tráfico de drogas, obtuvo los 6.000 euros y el hachís a cambio de los cuales el ex minero asturiano Emilio Suárez Trashorras proporcionó los más de 200 kilos de goma dos robados en la mina Conchita que sirvieron para cometer la matanza.
También fue el Chino el que alquiló la casa de campo de Chinchón donde, a lo largo del mes de febrero, los terroristas reunieron los explosivos y donde, en la tarde-noche del 10 de marzo de 2004, repartieron diez kilos de goma dos y metralla en doce mochilas y activaron los teléfonos móviles que horas después iban a detonar los artefactos explosivos, copiados de páginas web israelíes y de foros yihadistas de internet.
Era noche aún cerrada cuando una docena de terroristas –entre ellos los siete que más tarde se inmolarían en Leganés, acorralados por la Policía– salieron de la casa de Chinchón con sus mochilas, se subieron a tres coches y se dirigieron a la estación de Alcalá de Henares, uno de los nudos principales del corredor de cercanías que une Guadalajara con Madrid, en el que viajan a diario miles de trabajadores y estudiantes hasta la capital de España. Eran el objetivo de su atentado masivo e indiscriminado. Los terroristas lo tenían todo planificado. Habían estudiado durante semanas la frecuencia, horarios y destino de los trenes. Entre las 7.01 y las 7.14 horas, los miembros del comando subieron a cuatro trenes sucesivos: cuatro al primer convoy, cuatro al segundo, tres al tercero y uno al último. Colocaron sus mochilas debajo de asientos o junto a papeleras y se bajaron en las siguientes paradas. Las bombas ya estaban programadas y estallaron, entre las 7.36 y las 7.40 horas, activadas por las alarmas de los teléfonos móviles, a los que iba conectada el detonador de la dinamita.
A las 7.36 horas, 34 muertos en el andén número dos de la estación de Atocha. A las 7.38 horas, 79 fallecidos en las estaciones de los barrios obreros vallecanos de El Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia. A las 7.39 horas, 63 muertos más en la entrada a las cocheras de Atocha, junto a la calle Téllez. El horror, el dolor, el pánico y la impotencia se adueñaron de los cientos de heridos y viajeros en los apeaderos del cercanías. Minutos después, Madrid se colapsó aterrorizada.
Los terroristas del 11-M estuvieron muy cerca de provocar una nueva masacre el 2 de abril con la bomba que colocaron en las vías del AVE Madrid-Sevilla a su paso por el kilómetro 61,200, en el término toledano de Mocejón. El juez Juan del Olmo desvela en su auto de procesamiento que, según el análisis del Tedax, el artefacto preparado por los yihadistas, a pesar de tener un sistema de activación a distancia muy rudimentario, no hubiera fallado y que sólo la fortuna de que un trabajador de Renfe descubriera a los terroristas evitó la tragedia.
El magistrado explica que las huellas dactilares y los análisis de ADN desvelan que únicamente tres de los activistas de la célula integrista viajaron hasta Mocejón en un Citröen C-3: Asrih Rifaat, Abdenabbi Kounja y Mohamed Orlad. Los tres islamistas murieron en la explosión de Leganés un día después del atentado fallido contra el tren de alta velocidad.
Estos activistas, entre las 7.20 horas y las 10.00 horas de la mañana del 2 de abril, prepararon la bomba compuesta por doce kilos de goma dos procedente de las minas de Caolines de Merillés.

La fortuna sonrió al AVE
Los terroristas tenían pensado activar el artefacto con un sistema de cable-mando, es decir, con un detonador conectado a la bomba por un cable de audio de 137,5 metros de longitud. Los artificieros concluyen que a pesar de lo rudimentario de este sistema, incluidos empalmes de cables diferentes con cinta aislante, la bomba hubiera estallado sin problemas.
Los analistas sostienen que la intención de los terroristas era permanecer ocultos en las cercanías de la vía y activar el detonador a distancia en el momento que vieran pasar el tren de alta velocidad. En ese convoy viajaban doscientas personas.
La investigación de los Tedax sobre aquella bomba fue tan exhaustiva que los policías llegaron a conocer qué empresa fabricó los cables de audio de la bomba y dónde pudieron adquirirlos los terroristas.
El magistrado Juan del Olmo dedica todo un capítulo de su auto de procesamiento al cerco del piso de Leganés donde se había refugiado el comando el 3 de abril de 2004 y avala la actuación de los miembros del Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía, que, por primera vez en sus 28 años de historia, perdió a un integrante de la unidad, el subinspector Francisco Javier Torronteras.
Fueron sólo unos minutos, pero el juez le dedica más de quince páginas en las que rememora lo que ocurrió y cómo los policías de élite cumplieron a rajatabla con todas «las comprobaciones y estudios previos» que requería esa situación límite.
Según el relato del instructor, los funcionarios hicieron todo lo que estaba en su mano para «hacer ver a los terroristas que estaban rodeados y que no tenían escapatoria» y para terminar con la crisis de la forma más pacífica posible. Sin embargo, el auto insiste en la idea de que los siete yihadistas ya tenían pensando suicidarse y que nunca consideraron rendirse.
Todos los intentos de la Policía por hacer salir a los atrincherados eran «respondidos con disparos». «Del interior del piso salían balas que daban en la pared de rellano. No veíamos los disparos pero sí que se oían perfectamente», recuerda el ‘geo’ con carnet 27.288, cuya declaración consta en el procesamiento.
Las únicas respuestas a los continuos requerimientos de la Policía para que los activistas se rindieran eran las descalificaciones. «Se limitaban a dar voces, cánticos y oraciones y, a veces, se oían palabras insultantes en castellano, se les notaba muy excitados», rememora el agente 28.354.
Máscaras de gas
Fue entonces cuando el jefe del grupo de ‘geos’ ordenó que los policías se pusieran las máscaras de gas «como paso previo al disparo de munición de gas lacrimógeno». En ese momento, prosigue el auto, uno de los terroristas «dijo a gritos que iban a enviar a un emisario». Los agentes, que sospechaban que era un suicida, exigieron que saliera desnudo y con las manos en alto. Fue entonces cuando se produjo la «tremenda explosión» cuya onda expansiva «expulsó violentamente a los policías».
Aquella onda alcanzó de lleno a Torronteras. La explosión le lanzó hacia atrás y su cabeza golpeó con violencia contra un «plano resistente». Además, un «gran fragmento de ladrillo» le perforó el muslo y le destrozó la arteria y la vena femoral.
De la envergadura de la explosión da cuenta el trabajo de los Tedax y de la Policía científica: los especialistas, sólo en la primera exploración entre los escombros, recogieron 49 restos humanos identificables procedentes de los suicidas. El procesamiento también da cuenta de las miles de horas que los funcionarios trabajaron para recabar centenares de pruebas entre los cascotes del piso de Leganés, objetos y vestigios que luego serían claves para la identificación de los terroristas y para el desarrollo de la investigación.
Los terroristas cometieron un error al montar uno de los artefactos, y la tercera bomba del tren de El Pozo no estalló. El análisis de la tarjeta del móvil fue la primera pista que condujo a la Policía hasta los miembros del comando. Fue el principio del fin de los asesinos.



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