Martes, 11 de abril de 2006
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OPINIÓN
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El deber y la lealtad
El cambio de Gobierno ha tenido como protagonista a José Bono, que ha abandonado su ministerio en loor de multitudes y convertido en el protagonista casi único del episodio. Lo demás parece secundario. La llegada al Ministerio de Educación de la profesora Cabrera -colaboradora mía hasta la segunda mitad de los años 80 y cuya tesis doctoral por cierto propuse, pero que dirigió de común acuerdo Miguel Artola- responde a una apuesta en blanco por la eficacia tras la gris gestión de su predecesora. Y el corrimiento de Alonso, de Interior a Defensa, al abrir espacio para el ascenso de Rubalcaba, tampoco ha merecido excesivos comentarios, más allá de la manifestación de desconfianza del PP, expresada con sus habituales acritud y torpeza por Acebes.

La significación inmediata del acto de Bono no escapa a nadie. Con él desaparece una visión centrista de la política del PSOE, en cuya base se encontraba la idea de que en un país como el nuestro la socialdemocracia, si es que así podía llamarse, estaba obligada a conjugar una política de orden con una insistente práctica populista. En su condición de presidente de Castilla-La Mancha, Bono pateó el terreno y habló con sus administrados como no lo hizo ninguno de sus colegas, y al mismo tiempo mantuvo excelentes relaciones con personajes cuyo anclaje en el pasado franquista nadie desconocía, caso de aquel arzobispo don Marcelo, a quien dedicó una sorprendente y sentida nota necrológica en El País. Su talante le convertía en el mejor candidato para ocupar el puesto de ministro de Defensa, siempre difícil para un político de izquierda, y más aún si estaba obligado a empezar la labor con el giro de ciento ochenta grados de la retirada de Irak. En la única información de interés que proporcionan sus últimas entrevistas, Bono revela que en esa circunstancia hubo de superar el intento de insubordinación de un mando y de todos es conocida la mezcla de rigor y prudencia con que resolvió el tema del pronunciamiento 'constitucionalista' del general Mena. Entre tanto, ante el reto planteado por el proyecto de Estatuto de Cataluña, Bono se expresó de modo discreto y rotundo, incluso apuntando una línea de interpretación constitucionalista más próxima al regionalismo que al autonomismo de nacionalidad. Fue también leal a su jefe político, el presidente Zapatero, y ambas cosas explican la dimisión que ambos sitúan en un clima de plena concordia, con el único punto oscuro de la alusión de Bono al 'misterio' que para él representa la elección por Zapatero del momento de su aceptación, apenas aprobada la Ley de Tropa.

A modo de epílogo, Bono cierra el círculo de la normalidad anunciando que abandona toda actividad política, fuera de la de simple militante del PSOE. Añade: «que no cuenten conmigo para candidaturas de ningún tipo en 2007».

Normalidad, excesiva normalidad. Lealtad, demasiada lealtad. Todo político tiene derecho a poner fin a la propia carrera y es signo de inteligencia hacerlo cuando el balance del trabajo realizado es claramente positivo. También es digno de elogio que reitere los reconocimientos hacia quien le apartó de la carrera a la presidencia y sigue una política de la cual discrepa en puntos importantes. Pero es que en el mundo de la democracia hay algo más que la disciplina hacia el líder o los intereses de la propia organización. No hace falta que Bono cuente los pormenores de sus diferencias en el seno del Gobierno, ni que levante bandera de facción. El silencio, sin embargo, no basta para satisfacer las exigencias de un comportamiento democrático.

No estamos en un régimen de dictadura de partido único, ni es bueno que la orientación leninista impuesta en el PSOE desde los tiempos de Guerra -aquel famoso 'el que se mueva no sale en la foto', hoy aún vigente- se mantenga hasta desembocar en una total opacidad, cuando no en situaciones surrealistas. La más reciente, protagonizada por el propio Alfonso Guerra, al aludir a un riesgo de disgregación para España al estilo URSS, después de presidir la Comisión Constitucional del Congreso donde fue aprobado, y con su voto, el texto que inspira su pronóstico pesimista. No creo que en el PSOE sea preciso, ni digno, abandonar posiciones de poder al modo que lo hacían bajo la amenaza de la 'pipa' en tiempos los dirigentes del brazo político de ETA (por ejemplo tras el atentado de Hipercor).

Hay un debate político en el país en torno a la reforma del Estado, y no es bueno que la única que vaya por libre, o en plan avanzadilla, sea Gema Zabaleta. Las maniobras del Gobierno están teniendo un espectacular éxito a corto plazo. Eso no excluye una inseguridad a medio plazo de la cual se deriva una exigencia de debate, al que dirigentes como Guerra o Bono tienen el deber de contribuir. Parece que no lo harán, siempre con la coartada de no hacer el juego al PP. El patriotismo de partido, o los intereses personales subyacentes, prevalecen sobre el deber del político ante la ciudadanía.

El nombramiento de Rubalcaba en Interior cobra en este contexto una plena significación. Libre de disidencias internas, el Gobierno y el PSOE adquieren el carácter de un bloque monolítico, si bien no orientado a poner en práctica una política de afirmación -y reforma- constitucionales. Su emblema podría ser la vieja melodía titulada 'Maniobras orquestales en la oscuridad', sin duda necesarias en cuanto a los pormenores de los tratos con ETA, pero mucho menos en la definición de unos planteamientos de cara al futuro que por el momento reciben una dirección favorable por el viento en popa de la debilidad de las dos líneas estratégicas nacionalistas. La amenaza de la pinza PSE-Batasuna está sirviendo para que prudentemente Imaz apunte a una vía catalana ampliada. No sería mala salida. Sólo que si dicho enlace cuaja y el PNV entra en crisis, el caos en el escenario político vasco podría ser absoluto, y el valor de la legislación vigente reducido a cero. Pensemos en lo que hubiera ocurrido de no estar ahí el juez Grande Marlaska: luz verde para que Batasuna regrese por la puerta trasera. Por no hablar de lo que puede suceder si en otro tema clave, el de la vigilancia de nuestros islamistas propicios al terrorismo, Rubalcaba abandona la firmeza de su predecesor e intenta aplicar la mano blanda de la 'alianza de civilizaciones'. En una palabra, un artista de la maniobra tiene un valor instrumental. La maniobra por la maniobra lleva a uno a múltiples callejones sin salida.



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