Martes, 11 de abril de 2006
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OPINIÓN
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La resurrección
A los cincuenta años de su muerte, he pues aquí, que ha resucitado don Pío. Por sí mismo, en primer lugar, y en segundo por la dedicación -exquisita y de amplificador abrazo casi filial- de Miguel Sánchez-Ostiz.
Es buena noticia para los barojianos, esa secta a la que se afilia uno mediante varios rituales. Uno, el más sencillo acaso, leyendo algunas de sus novelas (no necesariamente todas porque son muchas); otro, identificándose con algunos de los personajes de su vasta progenie literaria, desde Zalacain y Shanti Andia hasta Lecochandegui y Mari Belcha, valgan como ejemplos; dedicándole escritos y más escritos de toda índole, sean los casos más relevantes de un Azorín que no pierde ocasión de proclamarse su amigo y admirador o de un Miguel Sánchez-Ostiz, el más relevante de toda la numerosa cuadrilla en los tiempos actuales: otro, el más fervoroso quizá, yendo a orillas del Bidasoa con un ejemplar de 'Jaun de Alzate' para abluciones rapsódicas intermitentes y ensimismándose con el discurrir del río y su historia sublime después de haberle leído preferentemente a Luis de Uranzu en 'Lo que el río vio', exigencia imprescindible; otro, comulgando con la ética tan característica del de Itzea, su yoísmo tan integral, su desnuda terneza disfrazada de seco manar, manantial de lapilli, volcán de citas, etc, etc. La familia de barojianos, repito, está de enhorabuena. Por el camino de Emaús, por donde vamos todos los huérfanos hacia el definitivo destierro, hemos oído la noticia que, desde ahora, se propalará de boca en boca y será como un Pentecostés glorioso: 'El viejo Pan de Itzea ha resucitado'. ¿Aleluya!



El inagotable filón.

Si algo no se le puede negar a esa guerra civil que se fraguó y desarrolló y creímos que se resolvió en los años treinta (cosa en la que nos equivocamos soberanamente), es su munificiencia inspiradora para la narrativa y el ensayo y la sociología, etc. Inagotable filón para historiadores, ideólogos, políticos y escribientes de toda laya. Al menos la novelística española, y hasta la universal, deben mostrarse agradecidas sin reservas a esa circunstancia bélica. A fin de cuentas, y desde una mirada un tanto cínica, ¿sirve la guerra de algo más que para excusa para que las multitudes tengan flujo y reflujo de marea moviéndose a su luz y a su sombra, a sus estridores y silencios, piedra que se alza de tierra en que está encostrada y fauna bullente surge bajo ella, entes de oscuridad, microdráculas que huyen de la luz, su enemiga?... Nada más terminar la contienda física, y aún en su curso, los textos que surgieron teniéndola como motivo ocupan larguísima lista. La indagación sobre el lugar de origen de toda esa faramalla escrita, nos llevaría, igualmente, a un paseo por toda la rosa de los vientos de tendencias y querencias. Las plumas españolas, tanto en propia tierra como en el exilio, se mojaron en toda clase de tintas, desde las simpáticas (a pesar de todo visibles) hasta las ponzoñosas (hasta el punto de letales para algunas mentes). Tampoco le volvieron la espalda las extranjeras. Hasta el gran don Pío, después de su arriesgada aventura en sus inicios ribera del Bidasoa y requetés de contrapunto, y tras su estancia en París, se arriesgó en contarnos algunas de sus vicisitudes. Según el título que le plugo, 'miserias', nada más que miserias. 'Miserias de la guerra' (Caro Raggio, editor, Madrid, 2006). Basta para una resurrección.



Las miserias.

Los que llegamos a vivir la guerra sabemos algo de sus miserias aunque no sé si más o menos que otros que solamente oyeron hablar de ellas y sin embargo fueron receptivos a sus noticias y parece como si las hicieren suyas. De 'las miserias de la guerra', la mayor parte de lo que don Pío escribe, es 'de oídas'. En su posfacio nos lo viene a decir Sánchez-Ostiz por si no lo sabíamos: «Indudablemente Baroja no podía escribir sobre materiales vividos (él dirá que no podía hacerlo), porque estuvo fuera de España durante casi toda la guerra; pero desde el primer momento estuvo al tanto de lo que se contaba que ocurría en Madrid. Sus páginas autobiográficas escritas desde el Colegio de España en París son inequívocas. Por allí pasaba mucha gente y cada cual contaba lo que había vivido o, a su vez, le habían contado.(...) Así 'Miserias de la guerra' está salpicada de algunas, digamos, apariciones estelares, de quienes le han informado de los hechos o los han protagonizado de manera notoria. Pero hay partes de esa guerra que Baroja sí conoció muy bien. En realidad, una guerra tiene, como todo, tres partes: la preguerra, la guerra y la posguerra. Y, excepto la parte central, don Pío conoció las otras dos. Para la otra restante, como lo advertirá pronto el lector, no le han faltado obras que consultar y el panorama de barbarie, de violencias, de terror en Madrid, es similar a la que presentan otros autores que ya conocemos, algunos de los cuales aparecen citados en ese posfacio de Miguel Sánchez-Ostiz.



Jesucristo y Lázaro.

A los cincuenta años de su muerte, he pues aquí, que ha resucitado don Pío. Por sí mismo, en primer lugar, como ha quedado dicho, y, en segundo, por la dedicación -exquisita y de amplificador abrazo casi filial- de Miguel Sánchez-Ostiz. La resurrección, por sus propias artes, es el milagro por excelencia. No son comparables, lo sabe cualquiera, Jesucristo y Lázaro. En el caso del primero, la iconografía del mayor respeto -respetado por los más ilustres pintores- se inclina por convertir su sudario en lábaro, en estandarte. Algo que dé muestras de poder propio, inmune a las acometidas de la condición humana tan dada a caducidades, 'rompiendo el aire puro/ te vas al inmortal seguro' en la visión de Lope. Ese es el caso del Baroja de esta su última novela. La otra resurrección, la última de las muchas que todos conocemos, es la que le otorga Miguel Sánchez-Ostiz ('Pío Baroja, a escena' (Espasa, Madrid, 2006); es decir, la resurrección de Lázaro. O, lo que es lo mismo, la del sudario que se cae, y ¿qué se ve en la desnudez?, que para eso necesitaríamos, un pintor de pinceles negros, el trazo siniestro de un artista de los albañales, de esos que se van formando en el lado oscuro de la puerta de los cementerios o de los osarios descuidados, el más tétrico Solana que se pudiera imaginar, la boca del sepulcro, los vacilantes primeros pasos del resucitado que piden ayuda que el sepulcro es malsano y aunque se ha dejado atrás el hervidero de los gusanos, los huesos han quedado derrengados, porosos, quebradizos, con una más que insinuante larva artrósica aposentada vitaliciamente y de avance incontenible.

Así en Lázaro pero no, en modo alguno, en como nos lo pinta Sánchez-Ostiz a don Pío, que nos lo hace a tamaño natural, desde la anécdota hasta la categoría, en lo personal desde lo íntimo hasta lo epidérmico, en la obra desde la glosa hasta la crítica, todo un repaso a un hombre y a su obra, Definitivo si no supiéramos que, en cierto modo, en todo hombre, y acaso más en don Pío, el todo le es inabarcable.



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