ROMA. DV. Italia se fue ayer a la cama sin saber quién había ganado las elecciones y con la angustia de levantarse incluso con la peor hipótesis posible: un empate entre Prodi y Berlusconi, con uno ganador en la Cámara de los Diputados, equivalente al Congreso, y otro vencedor en el Senado. Si es así, es posible que haya que repetir las elecciones.
Los datos de escrutinio facilitados al cierre de esta edición no permitían despejar las dudas y todo podía ocurrir. Con resultados realmente ajustados se peleaba hasta el último voto y en una continua sucesión de adelantamientos de uno u otro bloque cabía cualquier variante: victoria de Prodi en las dos cámaras, o de Berlusconi también en las dos, o de cada uno en una.
La lentitud del escrutinio, lacra habitual del sistema italiano, pero sobre todo el ajustado equilibrio de fuerzas hizo que el desenlace se fuera aplazando con las horas. Las encuestas a pie de urna indicaban una victoria de Romano Prodi, con una horquilla del 50-54%, pero esta apreciación se fue transformando a medida que se conocían las proyecciones de voto, mucho más ambiguas.
Mientras parecía claro el triunfo de Prodi en el Congreso, el centro-derecha remontaba en el Senado. Hacia las ocho de la tarde los cálculos de extrapolación ya entregaban a Berlusconi esta cámara. Y a las nueve, incluso en el Congreso la diferencia entre ambas coaliciones era mínima. Después, todo fue un constante baile de porcentajes, con escaso margen desventaja, y ya ningún político se atrevía a abrir la boca. Sólo quedaba esperar a los datos oficiales definitivos.
La trampa de Berlusconi
Con un resultado incierto, la única certeza era que la última trampa tendida por Berlusconi, aprobando un nuevo sistema electoral in extremis, había surtido efecto. Todos los analistas decían que le favorecía porque, si bien no le haría ganar, dificultaría la victoria de la oposición y en cualquier caso su capacidad de gobierno por el aumento del peso de los pequeños partidos. Con el antiguo sistema mayoritario bastaba ganar, aunque fuera por poco, para tener una solvente ventaja. Ahora, con la fórmula proporcional adulterada, no.
Mientras en el Congreso un voto de más garantizaba la mayoría absoluta, gracias al regalo de escaños para asegurar la estabilidad, el truco estaba en el Senado. En esta cámara este cálculo se hace sobre la base regional y Berlusconi podía tener opciones si vencía en alguno de sus feudos. Es decir, la coalición que vencía en todo el país, en este caso el centro-izquierda, podía no hacerlo región por región. Y el bloque con más votos puede no ganar las elecciones.
De este modo, como se preveía, se revelaron cruciales zonas tradicionales de la derecha como Campania y Puglia en el sur, y Piamonte y Lombardía en el norte. A última hora de ayer parecían desequilibrarse a favor de Berlusconi y eran la clave del resultado del Senado.
De este modo, cambiando la forma de interpretación, ayer quedaban maquillados y en el aire los resultados reales, así como sus efectos prácticos. ¿Qué decían los números? El único claro era la participación, que ya era significativo: votó el 83,6%, dos puntos más que en 2001, una inversión histórica de una tendencia de descenso que venía de hace 25 años. Berlusconi había dicho que la alta afluencia le beneficiaría y puede haber tenido parte de razón. Pero sólo porque le ha evitado una fuerte pérdida de votos, no porque todos los que han ido a las urnas se hayan decidido por él.
Lo cierto es que Berlusconi ha perdido varios millones de votos, como mínimo seis puntos respecto a 2001. El partido del primer ministro, Forza Italia, confirmó el declive experimentado en las sucesivas citas electorales, una sangría de cuatro millones de votos. Es decir, la campaña agresiva y populista del magnate no habría tenido mucho efecto a la hora de movilizar de nuevo a quienes le votaron hace cinco años. Otro dato importante es que el apoyo perdido por Berlusconi no se ha trasladado a otros partidos de la coalición de gobierno de centro-derecha, que básicamente mantienen el mismo peso.
Crece la UDC
La única formación que crece es la democristiana UDC, de Pierferdinando Casini, aunque esta era una tendencia que ya se venía observando en los anteriores comicios. Berlusconi y Forza Italia, de todos modos, siguen siendo la base de la derecha, y tanto Fini como Casini deberán seguir a la sombra del magnate y reprimiendo sus ganas de sucederle. Ha quedado claro quién sigue siendo el jefe.
En el bando de Prodi se consolida El Olivo, resultado de la unión de Demócratas de Izquierda (DS) y La Margherita bajo una misma sigla. Es el primer partido italiano que alcanza más del 30% de los votos, y por tanto dimensiones similares a las grandes formaciones de otros países europeos. Curiosamente estas dos formaciones, que componen el núcleo de La Unión, no han registrado juntas un aumento de votos, y el estirón se ha debido sobre todo a sus pequeños aliados, comunistas y radicales, un reforzamiento que alimenta la expectación sobre la estabilidad del gobierno, si ganara finalmente las elecciones Romano Prodi.