El síndrome de Peter Pan es ya casi un género en el cine de los últimos años. David Trueba se acerca a él pero no se queda en la anécdota del chico que no quiere irse de casa y empezar una vida propia. David Trueba habla de la responsabilidad, el miedo al compromiso, el enfrentamiento a la paternidad y el vértigo ante el comienzo de una nueva etapa en la vida de un joven que va a ser pronto treintañero.
Alrededor de él hay otras muchas cosas: una mujer bastante más centrada y segura, un trabajo incierto en el que el joven fotógrafo encuentra afectos y zancadillas, una de esas madres absorbentes... O sea, la vida cotidiana. Pero no es Bienvenido a casa un relato vulgar de las cosas que pasan cada día: crea situaciones siempre un punto más allá de lo normal, distorsiona levemente las circunstancias para extraer el lado cómico con que cada uno podemos mirarnos... siempre que seamos capaces de rebajar las dosis de agobio personal.
Después de un inicio prometedor con La buena vida y el descalabro de Obra maestra, David Trueba se salió por la tangente con un Soldados de Salamina que le salió muy bien. Ahora vuelve a la comedia sentimental y se le ve mucho más asentado como director y guionista, y sabiendo además dirigir a los actores, que suele ser punto flaco incluso de realizadores veteranos. Primero Daniel Sánchez Arévalo en AzulOscuroCasiNegro, y ahora David Trueba en Bienvenido a casa, demuestran cómo la espontaneidad y el trabajo a fondo no están reñidos, sino todo lo contrario. Trueba extrae notables interpretaciones de Pilar López de Ayala y Alejo Sauras, recupera al mejor Jorge Sanz y hace de Javivi todo un personaje.
Trueba no tiene miedo ni para ser cáustico ni para ser sentimental, aunque el tramo final resulte un poco demasiado discursivo. Divertida pero no chistosa, emotiva pero no cursi, prudentemente alejada del cansino estilo teleserie, Bienvenido a casa encuentra aún filón y credibilidad en un cine español de comedia que parecía agotado. Y además transmite un sólido optimismo.