Hasta hace bien poco, teníamos una concepción bastante simple de los bomberos. Les veíamos como albañiles que descendían del andamio o carpinteros que colgaban la garlopa que, después de la jornada de trabajo se ponían el casco de latones refulgentes para acudir corriendo a los incendios de barriada. Incluso eran sujetos de chistes y chascarrilos y todavía anda por ahí algún espectáculo en el que su valor les permite enfrentarse a un morlaco. En mi memoria permanece todavía la escena de aquel incendio en Irún en el que uno de los que sostenía la manguera daba satisfechas caladas a su cigarrillo. Pero las cosas han cambiado. Sus intervenciones múltiples, cada vez en siniestros más complejos y variados, su comportamiento heróico y el alto precio en las vidas que llevan pagado nos ha hecho reflexionar sobre la trascendencia de la profesión. Hoy en día, ya no puede ser bombero cualquiera. Es necesario tener dotes físicas y mantenerlas en la más óptima de las condiciones; hay que tener estudios y seguir cursos de especialistas y ganar oposiciones, lo mismo que si se fuera a trabajar en un banco. Pero a la hora de la verdad se trata tan solo des aspecto exterior, humano de su peripecia personal. En el fondo de todos ellos subyace el interés por la formación, el denuedo por cumplir con su deber, la obligación de infundir en nosotros la confianza de su labor.
Sí; creo que vamos obteniendo una visión diferente, sin dejar por eso de considerarlos gente de humor, como todos aquellos que han de resolver, llegado el momento, la disyuntiva entre la vida y la muerte.