El acto inaugural que se celebró ayer bajo la enorme bóveda del silo de clinker de Cementos Rezola, contó con un protagonista inesperado: el eco. Algo que permitió disfrutar, como mínimo por duplicado, de los discursos de las autoridades.
Misteriosamente no ocurrió lo mismo con las piezas musicales de Francisco Ibáñez Iribarria, Tierra, fuego, forma, cuyos acordes minimalistas, repetitivos y con reminiscencias de Philip Glass, no se pelearon con las paredes cóncavas del silo, sino que sacaron partido al juego de ecos.
Para finalizar el acto se procedió al llenado simbólico del depósito mediante una nube de luz y poliestireno expandido (el famoso corcho blanco) que cayó en forma de lluvia sobre los asistentes desde donde, próximamente, brotará el clinker.