No era el resultado que vaticinaba su pole position, pero Jenson Button (Honda) iba a recoger un mal menor. Cuatro puntos en la mochila, guarismo correspondiente a su quinta posición en Australia. Camino de ese botín corría el británico cuando treinta segundos antes ya había cruzado la raya Alonso y ofrecía su rito gestual con las manos (los dibujos del Chavo del 8) y las palmas (ayer innovó con una especie de movimientos pendulares de las manos como si fueran las orejas de un caballo). Button giró a derechas con Fisichella pegado a su chepa y su Honda comenzó a echar humo y luego a arder. Todo Albert Park y hasta los telespectadores empujaban al vehículo del inglés, que comenzó a perder potencia, a ceder velocidad, a intentar un agónico aterrizaje en la meta -ya superado por el italiano- y finalmente, a quedarse varado como una ballena en la playa. Button, el hombre de la pole, suspendido en la calamidad a cincuenta metros de meta.
Fue como la reedición en idioma ingles del célebre «trata de arrancarlo, por Dios, Carlos», aquella frase de Luis Moya que machacó a Sainz en el RAC con la victoria del Mundial a la vista. O la torpeza inconclusa de aquel espectador que quiso fotografiar a Guerini mientras el escalador pedaleaba furioso hacia el triunfo en Alpe d'Huez. El italiano paladeó la fatalidad de la caída por culpa del insensato aficionado que le tiró a menos de un kilómetro, pero no perdió el triunfo.
Button ingresó en su box a través de una valla, la que comunica el campamento de los coches con la pista. Allí se quedó después de 56 y cinco kilómetros y doscientos metros. En la sexta línea de la parrilla, mascando la ruina sin más gas en su Honda.