-La Iglesia vasca ha desarrollado una labor, pero queda mucho camino por recorrer. Los obispos Ricardo Blázquez y Juan María Uriarte han ofrecido la ayuda de la Iglesia en esa tarea. ¿Cuál es el desafío inmediato de la Iglesia en esta cuestión?
-El desafío de la Iglesia es el de toda la sociedad vasca: normalizar nuestra vida social y política de modo irreversible. El proceso de pacificación va a seguir su curso pero aunque progrese adecuadamente, las heridas, los agravios y la desconfianza de muchas personas están ahí. Todos tendremos que hacer lo posible para que esas llagas no cierren en falso esta vez. Y nos va a tocar hacerlo en un contexto difícil que ya conocemos: un país muy plural cuya diversidad nos garantiza un clima político de tensión sostenida. Esperemos, eso sí, que nunca más tengamos que calificarlo como crispado.
-La tarea de la reconciliación será, también, larga y difícil. Hay muchas heridas que cicatrizar. ¿El perdón que impulsa la Iglesia será posible?
-La palabra 'perdón' hay que utilizarla con mucho cuidado. El perdón no se puede exigir de ninguna víctima y desde luego la Iglesia no lo va a impulsar de ese modo. Sin embargo la tarea reconciliadora forma parte de la razón de ser de la Iglesia. La comunidad cristiana no puede sino plantearse cuál es el mejor modo de hacer una contribución concreta a ese objetivo humanizador. Incluso si en el pasado hemos cometido errores, el futuro está abierto y el Evangelio nos interpela a hacer mejor lo que tal vez no hemos sabido hacer hasta ahora. Pero las propuestas que se hagan para promover la reconciliación han de ser respetuosas con las diversas sensibilidades, acertar en los mensajes y hacerlo todo desde un gran respeto por el sufrimiento de las personas.
- La Iglesia vasca ha recibido críticas severas por parte de algunos colectivos de víctimas que se han sentido «abandonados», que han echado en falta el cariño de sus pastores. ¿Debería hacer una autocrítica la institución?
-Creo que la autocrítica se viene haciendo ya. En la diócesis de Bilbao este tema se ha debatido durante los últimos años en diversos foros y consejos consultivos. La cuestión suscita posiciones y valoraciones diversas pero no he visto actitudes cerradas a la autocrítica. Los obispos vascos, muchos sacerdotes, así como cristianas y cristianos han tenido gestos de cercanía para con las víctimas tras los atentados. En la diócesis de Bilbao no han faltado personas significadas, sacerdotes y laicos, que han venido demandando una posición pública más clara y un mensaje más contundente de apoyo a las víctimas. Esas voces nos han hecho pensar a todos y hemos de seguir pensando porque difícilmente se puede promover reconciliación sin identificarse previamente con el sufrimiento. Solo desde el respeto y la cercanía a los que han sufrido la violencia podemos atrevernos a proponer el perdón como una posibilidad.
- Analizando las posiciones de la Iglesia vasca con las de algunos 'hombres fuertes' del Episcopado español se aprecia una falta de sintonía en el papel que debería jugar ahora la Iglesia. Las reacciones han sido muy distintas en Euskadi y en Madrid. ¿Esa falta de sintonía complicará el futuro escenario?
-Estoy convencido de que la mayoría de los obispos están abiertos a conceder el tiempo necesario para explorar si existe algo valioso en la nueva situación. Alguna primera reacción no ha sido afortunada pero, sinceramente, creo que esas declaraciones no reflejan la posición mayoritaria del episcopado español. El consenso está más bien tras la moderación representada por Monseñor Blázquez, que podríamos caracterizar como de «cautelosa esperanza». Nadie puede pedir entusiasmos injustificados a la Conferencia Episcopal pero si es importante que la Iglesia evite en sus declaraciones públicas sobre la pacificación, la impresión de que sostiene posiciones beligerantes o de parte. No puede ser identificada ni en este tema ni en otros con estrategias de partido ni con actitudes motivadas por intereses políticos legítimos pero que no pueden sin más confundirse con el bien común. Esto no siempre es fácil y hay zonas grises donde caben las discrepancias. Sin embargo la mayoría de los obispos españoles tienen claro los límites que en la actual situación impone la necesaria independencia de la Iglesia y la obligación evangélica a explorar y promover caminos de paz y de concordia. En el futuro surgirán de nuevo temas sensibles pero estoy seguro de que los obispos harán lo posible para procurar en cada caso el máximo grado de unidad en sus declaraciones públicas.