Un año después del relevo en el pontificado, el recuerdo de Juan Pablo II concita más interés en los medios de comunicación que el balance de Benedicto XVI. La mayoría de los analistas coinciden en calificar los doce meses de Ratzinger como grises y discretos. Los que basándose en su imagen de ultraconservador auguraban un papado de rompe y rasga se han equivocado, al menos por ahora. Dada su impronta en el campo de la doctrina, por su largo periodo al frente del dicasterio de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se esperaba con expectación su primera encíclica. Sorprendió, con un documento brillante sobre la caridad y el amor, alejado de cualquier catálogo de prohibiciones, aunque sin renunciar a la ortodoxia de la fe católica. No ha ocultado sus ideas y ha reflexionado en alto sobre los principales problemas de la Iglesia: ha denunciado el aborto y los matrimonios homosexuales, ha defendido hasta la saciedad los derechos de la familia. Ha reivindicado la misión de la Iglesia, sin privilegios, con el «respeto al legítimo laicismo del Estado». El diálogo interreligioso, uno de los desafíos del nuevo papado, ha sido planteado con algunos gestos de acercamiento y declaraciones de buena voluntad, pero sin avanzar en iniciativas de calado. Se ha mostrado dispuesto a trabajar por la unidad de los cristianos y se ha comprometido a progresar en el ecumenismo, un diálogo que ya impulsó Juan Pablo II. Parece que Ratzinger se ha dado un año de reflexión y no pocos auguran que pronto descollará con actuaciones de largo alcance.