Carlos Mauricio Talleyrand, que a pesar de ser cojo hizo una gran carrera política después de renunciar a la eclesiástica, estaba convencido de que Dios nos ha dado el divino don de la palabra para que podamos ocultar nuestros pensamientos. Nuestro Unamuno, enfermo de absoluto, recomendaba tener fe en la palabra, que definió como «la cosa viva». Todo está en las palabras, que pueden verse a distinta luz. Ahora, los cibernautas tratan de elegir el más bello vocablo de nuestro idioma. Un ingenioso juego lúdico-lingüístico. ¿Cual será la palabra más bonita? Quizá dependa de la colocación o del momento. Sobre todo de los labios que la pronuncien. Políticos, periodistas, escritores eligen su palabra favorita.
Algunos por la fonética y otros por el significado. Averiguar cuál es la voz más hermosa es una tarea tan difícil como descubrir quien es el más sinvergüenza del Ayuntamiento de Marbella, pero no deja de ser un entrenamiento grato.
Recuerdo a Azorín, recomendándome la lectura del diccionario. «Ábralo al azar», me decía. Amaba los diccionarios etimológicos porque estaba convencido de que las palabras tienen biografía y ésta no siempre es secreta, aunque siempre sea mágica. A Gerardo Diego le gustaba la palabra «azulejo», no sé bien por qué. Yo le encuentro un cierto deje despectivo. Me he acostumbrado a esperar a las palabras y sé que a veces llegan como un calor entre la sombra o como un color en medio de la niebla.
Puede se como una daga o como un bálsamo. Algunos de los preguntados han elegido palabras solemnes y otros sorprendentes, pero se trata sin duda de la encuesta menos dañina de los últimos tiempos. Woody Allen suele decir que las dos palabras más hermosas del mundo no son «te quiero», sino «es benigno». Yo sé cuál es la más triste, «pero». Sobre toco cuando la precede un elogio.