Dice un proverbio anónimo: «La juventud es una enfermedad que se cura con la edad». Ahora ya ni eso. Un estudio sociológico de la UPV afirma que la sociedad no deja a los jóvenes vascos hacerse adultos. Lo simple es pensar que los jóvenes de hoy son niños grandes atontados por los videojuegos o el botellón y, por tanto, desprender a la sociedad de cualquier responsabilidad. Ahora, quitémonos las gafas de ver en blanco o negro, porque la realidad es siempre más compleja. No se trata de ver los hechos, sino de analizar las causas que los provocan. La evolución física es ineludible pero la psicológica no tanto. El gorrión necesita un empujón para saltar del nido y el joven necesita una motivación. Y, hoy, la única motivación es la independencia. Me refiero a la otra. La independencia económica que nos permite vivir como uno mismo y no como parte subordinada de otros.
Para los que tenemos 40 años la independencia fue una meta difícil. Para los de 18, con la vivienda por las nubes y una precariedad laboral del 34%, es un ideal inalcanzable. Les hemos puesto el listón demasiado alto y se han cansado con sólo mirarlo. La juventud es hoy una enfermedad crónica, y el papel de los padres tampoco es fácil. Si aprendemos a escuchar, comprender y motivar podremos ayudarles a curarse. Si nos limitamos a pagar sus pequeños gastos y darles alojamiento, les estaremos cuidando poniendo tiritas. Tiritas que les protegen, pero acrecientan su sensación de dependencia.