Martes, 21 de marzo de 2006
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DEPORTES
CICLISMO
«Sólo pido que se haga justicia»
El juicio por el atropello de los hermanos Otxoa comenzó ayer en Málaga, después de cinco años de espera, con declaraciones de todos los testigos.
«Sólo pido que se haga justicia»
Javier Otxoa, junto a su padre, Ricardo, espera el inicio del juicio en el Juzgado de Málaga. [SALVADOR SALAS]
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LOS HECHOS
El accidente: Javier y Ricardo Otxoa entrenan por la carretera que lleva de Cártama a Málaga el 15 de febrero de 2001 cuando un vehículo les atropella. Ricardo fallece tras el impacto, mientras Javier queda ingresado en coma.

La recuperación: Las gravísimas lesiones sufridas dejan a Javier en coma profundo durante 62 días. Tenía cuatro vértebras y el pulmón aplastados, y los médicos le dieron por perdido, pero Javier logró salir del coma.

Las secuelas: El ex ciclista del Kelme entró en un duro proceso de recuperación que ha llegado hasta nuestros días. Pese a que sufre graves secuelas tras el brutal accidente, Javier ha vuelto a correr como ciclista paralímpico.

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MÁLAGA. DV. Cinco años después, tras sufrir suspensiones y aplazamientos, ayer dio comienzo en Málaga el juicio por el atropello que, el 15 de febrero de 2001, costó la vida a Ricardo Otxoa y heridas gravísimas a su hermano gemelo Javier. El único imputado del caso es el profesor universitario Sebastián Fernández López, para quien el fiscal solicita una pequeña multa y la suspensión de ocho meses del carnet de conducir. A su parecer, los hechos sólo son constitutivos de faltas de homicidio y lesiones por una imprudencia leve.

La acusación particular no tiene una opinión tan benévola sobre las consecuencias penales de un suceso que conmocionó al deporte español. Cree que en el brutal atropello de los corredores del Kelme se produjeron dos delitos -homicidio imprudente y lesiones imprudentes- y pide para el inculpado dos penas que sumarían siete años de prisión y nueve años de privación del derecho a conducir, y una indemnización para Javier Otxoa de 4,1 millones de euros.

El inicio del juicio, que se prolongará hasta el miércoles o el jueves, provocó gran expectación. Desde las nueve y media de la mañana, periodistas, cámaras y fotógrafos departían y pedían declaraciones a abogados y testigos. Rodeado de un grupo de familiares, Sebastián Fernández López se negó a hablar y acusó a los medios de haber realizado con él un juicio paralelo durante estos cinco años.

Javier Otxoa llegó a las diez acompañado de su padre, Ricardo, y de su actual entrenador, Vicente Natividad. Cohibido, el héroe de Hautacam se sentó en un bancada, alejado de las cámaras y los focos, y dejó que fuera uno de sus abogados, José Antonio Mardaras, el que entregara a los periodistas una declaración firmada en su nombre.

«Hundido en la muerte»

El texto, demoledor, dice así. «Hundido en la muerte, pero vivo tras vivir un calvario tanto físico como mental». En el resto del escrito se relatan los padecimientos del ciclista para hacer una vida normal, las gravísimas secuelas que le dejó el accidente y sus esfuerzos en la rehabilitación. Sólo hay un instante de esperanza, cuando Javier dice que luchará por todos los que le quieren y por los incapacitados como él, a los que ahora quiere representar como deportista.

La declaración de los testigos se hizo esperar. Por lo visto, los retrasos y las esperas son inevitables en esta causa. Tanto es así que el padre del ex-ciclista no las tenía todas consigo sobre la celebración del juicio. «Hasta que no empiece no me lo creo. No hay derecho a lo que nos están haciendo», comentó, antes de saludar a Vicente Belda, el director del Kelme, que también declaró.

En su bancada, con gesto triste y ausente, Javier Otxoa soportaba el paso de los minutos charlando con su entrenador, que le animaba recordándole sus progresos y sus retos de la temporada: el campeonato de España en Tafalla (22 y 23 de abril) y los mundiales de Laussana (septiembre). Allí les espera un gran rival, el pistard Darren Kelly. Otxoa asentía, mirando al suelo.

Problemas de equilibrio

El ciclista paralímpico expresó su intención de mejorar en el velódromo. «Estoy aprendiendo, pero ya me he pegado dos golpes. Tengo problemas de equilibrio», recordaba, con su voz casi inaudible, otra de las secuelas del atropello, en el que perdió las cuerdas vocales. Sobre el juicio, apenas musitó un deseo; el mismo que lleva sintiendo y sufriendo desde 2001. «Sólo quiere que se haga justicia y que paguen por lo que han hecho», dijo, mientras seguía esperando la llamada del secretario del juzgado. Ésta se hizo esperar seis horas. Cosas de la Justicia.

El caso es que Javier Otxoa no dio su testimonio hasta las 16.20 horas. Antes que a él le tocó el turno a su padre, que no pudo contener la emoción cuando recordó quién era su hijo antes del atropello y quién es ahora, cómo era el hombre que triunfó en el Tour y cómo es el niño actual, todo lo que Javier tuvo y todo lo que ha perdido. Su testimonio sobre las taras físicas de su hijo provocó un silencio en la sala de vistas; un silencio que se reavivó como un rescoldo cuando el superviviente hizo aparición poco después. Fue la suya una comparecencia breve y triste.

Javier Otxoa reconoció que no recordaba nada del accidente y explicó a grandes rasgos lo que es su vida. Fue suficiente. En la segunda fila de bancos, de la mano de su mujer, el conductor que le atropelló le escuchó con lágrimas en los ojos.



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