La instalación artística que Spencer Tunick anuncia para el 22 de abril en San Sebastián no sólo desnudará a unos cuantos cientos de voluntarios, sino también el alma de la ciudad, tantas veces catalogada de conservadora. Veremos. Aquí, como en las mejores aldeas, se practica un estrecho control social que, en este caso concreto, se manifiesta de inmediato con un disuasorio «pero ¿tú crees que ya se apuntará alguién?», que te hace tomar tus precauciones antes de significarte en un sentido o en otro. En todo caso, la advertencia de los organizadores de que sólo las personas inscritas podrán acceder al recinto escogido para el despelote colectivo choca frontalmente con las pulsiones más íntimas y profundas de la ciudadanía donostiarra, que sueña en secreto con contemplar el espectáculo desde una barandilla cualquiera, mientras degusta un amplio surtido de helados.
No importa. Contamos con la impagable colaboración de nuestros vecinos vizcaínos y navarros -mucho más lanzados por carácter y formación-, así como con la segura visita de unos cuantos ciudadanos del otro lado del Bidasoa. Si ellos no acuden al rescate, nadie lo hará.
En el ámbito puramente cultural, la celebración de esta intervención artística en Donostia otorgará a la capital guipuzcoana una presencia mediática tan sólo comparable a la que supuso el estreno mundial de la película de Woody Allen Melinda y Melinda, allá por septiembre de 2004, durante la inauguración del Festival de Cine. Y quién sabe, quizás también en esta ocasión el evento tenga como marco los kubos del Kursaal.