Domingo, 19 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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Deseo de vivir, motivo para esperar
En Donostia, yendo al barrio de Egia, se halla Villa Urigain. Un grupo de personas intentamos vivir al ritmo del corazón de una gran persona: Ludovico Pavoni. Fue un hombre de Dios, volcado con la causa de los jóvenes pobres que para él eran su voz. Nació en Brescia, Italia, hace dos siglos. De él hemos aprendido a seguir de una manera concreta a Jesús de Nazaret, de quien decía que se desvivió porque también los chicos y chicas tuvieran vida en abundancia, sobre todo los jóvenes pobres y abandonados. Hoy encontramos a la Congregación Pavoniana en Brasil, Colombia, Méjico, Eritrea e Italia. También estamos en Gipuzkoa, enraizados en la Diócesis de San Sebastián.

El grupo lo formamos cuatro religiosos, ocho laicos y laicas que comparten nuestro carisma, y una treintena de jóvenes -chicos y chicas- que están siguiendo el proceso educativo terapéutico Proyecto Hombre en su primera fase, la fase de acogida. No puedo extenderme en los detalles del día a día, pero las puertas de nuestra casa, en la Calzada Vieja de Ategorrieta, están abiertas para quien desee información o gastar un poco de su tiempo a favor de estos jóvenes.

Nuestro grupo se enclava en un barrio, en una parroquia -María Reina, en la cual colaboramos- y en la Iglesia de Gipuzkoa. Es desde esta realidad de Iglesia desde donde queremos vivir, queremos ser expresión de la caridad de la Iglesia, esa parte de Iglesia poco conocida, esa porción de Iglesia que se vuelca por quienes están atados a la cruz de las drogas y sufren por ello, y lo trata de hacer con discreción y cuidado, consciente de que está tratando con personas heridas y doloridas, con chicos y chicas que anhelan otra vida.

Es una Iglesia que quiere ser testigo de Jesucristo. En Villa Urigain, en este hogar pavoniano, queremos ser, no sé si lo logramos, ese recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, donde todos puedan encontrar un motivo para seguir esperando.

Queremos y procuramos vivir entre nosotros con un gran espíritu de familia, tan querido por nuestro Fundador, donde a través de las relaciones cotidianas preñadas de humanidad, hechas de detalles y desde un cariño profundo, vamos caminando entre luces y sombras, enriqueciéndonos unos a otros en un intercambio de dones. Se trata de crear un espacio donde cada uno pueda retomar las riendas de su vida, y lo que es más importante: adquirir unas motivaciones profundas, para, sin ningún tipo de dependencia, poder vivir en la sociedad como buenos ciudadanos y, si es posible, como más amigos de Dios y de los hombres y mujeres. En la casa nadie es más que nadie, pues todos tenemos nuestra propia dignidad. Cada uno cumple un servicio y, desarrollándolo bien, podemos favorecer el camino de los otros. Los jóvenes no son sólo los destinatarios de nuestra misión, sino que son el centro de nuestra vida y siguen siendo para nosotros hoy, la voz de Dios.

Es de valorar el esfuerzo que estos chicos y chicas hacen día a día. Pasan de una vida desestructurada y sin ningún tipo de norma a un ritmo equilibrado, a la asunción de una escala de valores y al cumplimiento de unas normas del programa y de convivencia que son ejercicio de aprendizaje para su futura vida en la sociedad. Son para los educadores una escuela donde la lucha, el esfuerzo, el sacrificio y la honestidad son las asignaturas más fuertes e importantes. La actitud de los que caminamos con ellos, es la de dejarnos interpelar y enseñar desde la cátedra de estos jóvenes.

Los educadores -religiosos y laicos- debemos estar siempre atentos y con los oídos y el corazón abiertos para escuchar el grito de estos muchachos, y mirarlos con ojos de misericordia, sabiendo que son el mismo Cristo crucificado en espera de Resurrección.

Son fundamentales en la casa estas actitudes:

- Atención personalizada, conocer a cada persona en su individualidad para poder acompañarla mejor. No todos somos iguales y no todo vale para todos. Se debe actuar con gran respeto, con gran cariño, discreción y firmeza.

- Confianza y esperanza en cada persona. Todos son importantes, nadie está desahuciado, todos merecen otra oportunidad. Todos podemos cambiar y salir del atolladero donde estamos metidos. El día que perdamos la confianza y la esperanza en los muchachos, hemos perdido la fe en la gracia de Dios que puede cambiar el corazón del hombre, no olvidando que nosotros somos instrumentos en sus manos, y lo que es más, es mejor que dejemos esta tarea.

- Ayudar a los chicos a actuar más por convicción que por temor. Las cosas cuando se asumen y no se hacen por imposición ayudan a liberarnos. Debemos «dejar el látigo para quien quiera usarlo, sabiendo que el látigo del hombre es la razón».

Todo esto que acabo de expresar, es lo que llamamos pasión educativa, que es para nosotros no sólo ser para los jóvenes, sino estar con los jóvenes, caminar con ellos, compartir sus fracasos, sus desesperanzas, pero también sus ilusiones y proyectos.

Tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión. Convirtámonos también al hombre, creando estructuras y ambientes donde cada uno podamos seguir creciendo como personas y hermanos, como hijos e hijas de Dios.



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