Escribo esta vez por un deber de conciencia. Antes de que sea tarde, tengo que decir algo que hoy sólo yo puedo atestiguar: que existe un libro de Arteche en euskera. Acreditando su rango profesional de biógrafo de preclaras intuiciones, en el aludido libro que Arteche intituló Gizonak, agrupó concisas siluetas de varias individualidades vascas. Era la única de sus obras que la estuvo redactando Arteche a todo lo largo de su vida, de manera que algunas de esas miniaturas biográficas iban impregnadas de fragor juvenil, otras de la desazón del varón de media edad y, en mayor cantidad, saturadas de un escepticismo tremendo; palabra ésta de tremendo que Arteche pronunciaba con un énfasis apocalíptico. Un euskerólogo eximio, el tolosarra padre Justo María Mokoroa, escolapio, que por encargo de una preponderante editorial de Bilbao iba a participar conmigo en el prólogo de la citada obra Gizonak, malograda pues la editorial involucrada quebró, dijo que Arteche presentaba a los biografiados con un decoro con el que ni siquiera su paisano San Ignacio acertaría a expresarse. Del dialecto del Bajo Urola amputó Arteche su tendencia a la guasa y destelló en requiebros de fina psicología; para la cual estaba Arteche superdotado porque sufrió mucho. Basta con ver sus últimas fotos. Un hábil fisonomista las calificó de agónicas. Para definir su mirada, el propio Arteche empleó el neologismo de sonritriste. Luchó él contra una pertinaz tristeza, causada a la vez en seis frentes: Primero, por su condición de cabeza de familia ejercida a plena responsabilidad; segundo, por su frustrante catalogación de autodidacta en época de imperante titulitis; tercero, por no lograr mostrarle su gratitud condigna a su esposa Maritxu Gorostegi por su felicidad hogareña; cuarto, por la suspicacia de quienes (teniendo antagónicas opciones a las de Arteche en la guerra del 36) analizaron malévolamente sus escritos, conferencias e intervenciones radiofónicas; quinto, por estar lustros aguantando impaciente dolores casi obstétricos para poder sacar a luz su libro epigonal del Abrazo de los Muertos y sexto, por su amor propio herido, de autor vasco que hubo de redactar en castellano, pero que al fin su libro en euskera naufragó en el pozo negro del marketing de una editorial; muriendo él, sin verlo publicado, con una muerte de escritor legendario, escribiendo. Su funeraria mesa-escritorio (que ha servido de altar a su sobrino sacerdote, el catedrático Tellechea Idígoras), convirtió en santuario sin metáforas a su domicilio donostiarra de la calle Miracruz, nº 32 bis. Falta en su fachada todavía un rótulo: Aquí vivió y murió escribiendo don José de Arteche, con perseverante espíritu de servicio sin discriminar a nadie. In memoriam.