Domingo, 19 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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Euskadi y el futuro
En unos momentos en los que el peso del presente ha llegado a ser tan agobiante que parece que no existe nada fuera de él, no parece que reflexionar sobre el futuro sea nada recomendable. Pudiera ser que lo que se presenta como una idea del futuro estuviera tan sometido al peso de un presente ineludible que no ofreciera otra cosa que una prolongación de la situación actual. Una prolongación, eso sí, de la parte de la actualidad que más le interesa a cada uno.

Ese poder del presente que anula cualquier futuro es el que convierte toda estrategia en simple táctica, es el que nos incapacita para pensar que los efectos de las decisiones que adoptamos hoy -económicas, sociales, legislativas- no se perciben de inmediato, sino dentro de algunos años, es el poder que nos permite creernos ingenieros que controlan los actos de hoy y sus consecuencias anulando así el futuro.

Pero el futuro va a existir, por mucho que escondamos la cabeza en la arena todopoderosa del presente; las tácticas de hoy van a producir estrategias perdurables cuya dirección puede llegar a sorprendernos sobremanera, y el futuro, a pesar de nuestra fe en la ingeniería social, sigue siendo impredecible: pertenece a su misma naturaleza, pues de otra manera no sería futuro sino prolongación del presente, repetición del presente.

Lo malo es que para que exista futuro es preciso pensarlo, aunque luego se produzca de manera distinta a la prevista. Cualquier previsión del futuro no deja de ser una hipótesis sujeta a la decepción. Pero pensar esas hipótesis de futuro es un ejercicio necesario para tomar distancia del ahogo del presente, poder criticarlo, establecer prioridades y coadyuvar así a su posible cambio.

Parece que en nuestro pequeño país, en Euskadi, todo el futuro queda resumido en dos palabras: pacificación y normalización. Será porque carecemos de ambas: no podemos vivir en paz porque no nos deja ETA. No somos normales porque en nuestro seno existe algo que se llama ETA, que ejerce violencia y terror, una anormalidad en la vida democrática. Y parece que todo el futuro tiene que surgir, de una forma bastante mágica, de alguna combinación sorprendente de esos dos elementos de los que carecemos, de la combinación de pacificicación y normalización. Nuestro futuro depende de acertar con la debida combinación de esos elementos, una combinación capaz de separarlos lo suficiente sin evitar su relación, y de relacionarlos lo suficiente sin que parezca que se establece una dependencia mutua.

Pero dejemos, por una vez, esos juegos tácticos a los que se creen maestros del juego de damas. Preguntémonos por el futuro de verdad. O mejor dicho, tratemos de articular algunas preguntas que sean capaces de abrir un horizonte de futuro que no quede ocultado bajo el enmascaramiento de los juegos de combinación entre pacificación y normalización.

ETA ha existido y ETA sigue existiendo, y seguirá existiendo mientras no acepte y confiese que ha sido derrotada. Pero aún entonces ETA habrá existido. Habrá existido una organización vasca que en nombre de los vascos ha usado la violencia y el terror, ha asesinado a casi mil personas, ha tenido atenazada por el miedo a una buena parte de la población, ha sido secundada y protegida por miles de ciudadanos vascos, y ha tenido una influencia innegable, directa o indirectamente, en el mundo del euskera, de la cultura vasca, de los medios de comunicación, en la Universidaad, en el mundo editorial, en el mundo de la sociedad organizada, en el mundo asociativo.

ETA ha existido, y bajo la presión que supone la presencia permanente durante décadas de la violencia terrorista, ha tenido una influencia directa en el lenguaje social, cultural, pero sobre todo político, que se ha hecho común en nuestra sociedad. Bajo esa presión ilegítima hemos puesto en duda nuestro nombre institucional -Euskadi, Euskal Herria-, hemos deslegitimado nuestras propias decisiones democráticas y las instituciones nacidas de ellas, nos hemos acostumbrado a hablar de diálogo, de negociación; bajo esa presión ilegítima hemos discutido de soberanía, de autodeterminación, de derechos colectivos, de pueblo vasco, de la capacidad de decidir, de democracia, del Estado, de libertad.

Bajo esa presión ilegítima hemos llegado a ver nuestro futuro en términos de pacificación y normalización, sólo nos imaginamos nuestro futuro vinculado a la existencia de dos mesas, nos hemos hecho especialistas en barruntar los signos precursores de lo que se ha convertido en nuestra máxima esperanza, la tregua. Y bajo esa presión ilegítima hemos llegado incluso a elaborar discursos teóricos sobre lo que nada tiene que ver con la realidad conocida: el perdón, la reconciliación, una vida futura en hermandad.

Todo bajo la presión ilegítima de la violencia y el terror, todo bajo el escudo del conflicto que funciona como un deus ex machina. ¿Creemos de verdad que podremos tener un futuro que no sea prolongación de este presente sin preguntarnos si todo eso no ha dejado ninguna huella en la sociedad vasca, en la mentalidad de los vascos, en nuestras conciencias, en nuestras actitudes y comportamientos?

¿Creemos de verdad que nuestra comprensión y nuestra vivencia de la democracia, del Estado de Derecho, de la libertad, del pluralismo salen incólumes de esta vorágine de 30 años en la que el peso del ilegítimo terror ha ocupado un lugar tan grande y tan preponderante en nuestras vidas? ¿Creemos que nuestra comprensión de las instituciones, de la educación, del significado de lo que es ser ciudadano, de los valores de la convivencia, del respeto a la pluralidad lingüística, a la pluralidad de los sentimientos de pertenencia, no ha sufrido para nada bajo la losa de la violencia de ETA y de los esfuerzos de legitimación de esa violencia durante tantos años?

¿Creemos de verdad que la hegemonía nacionalista que ha acompañado -y elijo esta palabra tratando de ser muy cuidadoso- a esa presión ilegítima durante tanto tiempo y que ha llevado a acuñar términos como españolista, autonomista, inmigrante, foráneo, antieuskaldun, antivasco, español, y utilizarlos para describir despectivamente a la mitad de la población no tiene consecuencias en la psicología social? Una hegemonía nacionalista que no sólo los ha descrito despectivamente, sino que les ha negado un sitio en lugares institucionales como los medios de comunicación públicos, en instituciones parapúblicas, en los contratos y subvenciones públicas, haciéndoles ver que por mucho que vivan aquí no pertenen del todo a la sociedad nacionalista que lo controla todo.

ETA ha existido y junto a ella y a su terror violento han existido formas de vida, de pensamiento, de comportamiento, de actuación, de hablar, de sentir, de simbolizar, de señalar, de celebrar, de acusar, de diferenciar, de integrar y excluir, de separar, de nombrar, que han ido adquiriendo carta de naturaleza, y han pasado a formar parte de la mentalidad de una buena parte de la población. Y para que haya futuro, un futuro que no sea prolongación del presente, un futuro que no sea consolidación y coagulación de un pasado ni visto ni asumido, y menos analizado, es preciso que nos hagamos muchas preguntas, que las articulemos, que abramos la ventana a hipótesis que posibiliten un futuro distinto.

Pero si en lugar de hacernos esas preguntas nos aferramos a lo que nuestra buena conciencia exige, si nos aferramos a la proclamación tan habitual de que la mayoría de los vascos siempre hemos estado en contra de la violencia y junto a las víctimas y con ellas, si nos instalamos en esa conciencia que parece que se va extendiendo en los últimos tiempos de que ETA ha sido una pequeña cosa, un cuerpo extraño a la sociedad vasca, algo así como un alienígena que no tiene nada que ver con nosotros, el futuro en lugar de ser un futuro en el que se haya hecho desaparecer a ETA -aunque algunas argumentaciones se empeñan en presentar la situación actual como si fuera fruto de un proceso de conversión de ETA a la bondad y a la democracia- será un futuro en el que creeremos que ETA no ha existido, creeremos, como quieren muchos, que se puede hacer política como si ETA no hubiera existido, como si no existieran asesinados, y entonces todo lo que ha acarreado la existencia del terror de ETA, y que he recogido en las líneas precedentes, será nuestra herencia: un futuro que no merecerá de ninguna forma su nombre, porque será la prolongación de lo peor del pasado.



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